lunes 27 de julio de 2009

Al diablo con Chavez

LA COLUMNA DE OPINET
Mientras estuvo en Ecuador, la base de Manta –que sí era completamente gringa– no representó ningún riesgo o amenaza para la estabilidad de algún país de la región. A lo sumo, el bombardeo del número dos de las Farc le sirvió de pretexto a Rafael Correa para acusar a los gringos de una supuesta participación en esos hechos, usando aviones basados en Manta. Esto, luego de que Fidel Castro opinara que las bombas inteligentes que se emplearon, eran de uso privativo de los norteamericanos
Por supuesto que eso no deja de ser mera especulación. Los aviones Tucano y Súper Tucano, de fabricación brasileña, han demostrado plena efectividad y precisión en otras operaciones, como la que dio cuenta del ‘Negro Acacio’ en las selvas del Vichada –en septiembre de 2007–, y a Ecuador le consta que en Manta sólo había aviones de inteligencia y rastreo electrónico tipo AWAC, no bombarderos, como tampoco los habrá en Colombia
Hace bien el canciller Bermúdez al recordarle a Hugo Chávez que el gobierno colombiano no interfirió en sus ejercicios navales con la flota rusa en noviembre último, los cuales no fueron una reunión de niños exploradores. Para esta exhibición de bandera por el Caribe, los rusos enviaron su más preciada joya, el acorazado nuclear ‘Pedro el Grande’, provisto de misiles supersónicos que pueden llevar carga convencional o nuclear, así como también el buque ‘Almirante Chabanenko’, especializado en la caza de submarinos

Esta demostración de fuerza estuvo precedida, en junio, por un ejercicio de lanzamiento de misiles en la base de La Orchila –uno desde un Sukhoi y otro desde una fragata–, y en septiembre, por la presencia en Venezuela de dos bombarderos estratégicos TU-160, con capacidad para portar doce cohetes de crucero con ojivas nucleares o convencionales y 40 toneladas de bombas. En ese entonces, Chávez declaró que la visita de los dos bombarderos rusos era un “gesto de fraternidad y apoyo” que debe darle “más seguridad” a Venezuela.

Pero eso no es todo, Chávez suscribió un acuerdo para que las aeronaves de guerra rusas reposten combustible en territorio de su país, y ofreció las bases de Cuba y Venezuela para estacionar bombarderos estratégicos rusos con el fin de que operen permanentemente en la región

Tiempo atrás, el gobierno colombiano fue respetuoso cuando Chávez decidió emprender una carrera armamentista que rompió el equilibrio regional y derivó en constantes intimidaciones a Colombia, con la amenaza reiterada de enviarnos sus mortíferos aviones Sukhoi si no hacemos lo que él diga. En cambio, Chávez se opuso a que España nos vendiera 40 tanques AMX-30 de segunda mano, de los que Venezuela tiene más de 100 cumpliendo una misión estratégica en el sector fronterizo de Paraguachón.

A lo dicho por el canciller colombiano, Chávez replica que Rusia no es un enemigo para Colombia pero que Estados Unidos sí lo es para Venezuela. Hay tres razones básicas que demuestran que el sátrapa vecino está equivocado: 1) A diferencia de Bush, Obama no alentará invasiones, provocaciones ni ataques preventivos, aunque eso no significa que no le dé su merecido al que se lo busque; 2) EE.UU. y Venezuela tienen excelentes relaciones comerciales que trascienden las fanfarronadas de Chávez, puesto que “el imperio” es el destino natural de casi todo su petróleo; y 3) si los gringos quisieran invadir a Venezuela no necesitarían lanzar ataques desde Colombia, pues les bastaría con desplegar una pequeña parte de su poderío naval.

Por todo lo anterior, la verdad es que el riesgo, por estos lados, no son Rusia ni EE.UU., cuyos presidentes se estrecharon las manos hace poco, ni los pueblos de Venezuela o Ecuador. La amenaza real se llama Hugo Chávez Frías. Parafraseando al dictador venezolano, habría que señalar que la presencia de gringos en nuestras bases –que más que soldados son técnicos y analistas– es un gesto de fraternidad y apoyo que debe darnos más seguridad a los colombianos. Para Chávez el asunto es una complicación que dejará al descubierto sus vínculos con el narcotráfico y las Farc, y un duro escollo en su obsesión de apoderarse de Colombia, donde cunde la aversión por ese desvarío de la tal ‘Patria Grande’, embeleco que huele a pútrido comunismo y despótica tiranía

sábado 11 de julio de 2009

El Protomedicato en Las Indias


En cuanto empezaron a establecerse autoridades regulares en los territorios de las Indias, la Corona española se preocupó por ir estableciendo en los nuevos reinos tribunales protomédicos que cumplieran funciones similares a las de los españoles.
Decía una pragmática de Felipe II en 1579:
“Deseamos que nuestros vasallos gocen de larga vida y se conserven en perfecta salud. Tenemos a nuestro cuidado proveerlos de médicos y maestros que los enseñen y curen en sus enfermedades, y a este fin se han fundado cátedras de medicina y filosofía en las universidades más principales de las Indias”.
Cuando se estableció el Protomedicato en Santafé hacia 1589, este tribunal vino a llenar un vacío importante por cuanto hasta entonces la atención a la salud de los habitantes de este reino se regía por el más primitivo empirismo.
En forma perentoria se legisló en el sentido de que sólo podrían ejercer su oficio los médicos, cirujanos, barberos y boticarios que hubiesen sido aprobados por el tribunal protomédico.
El Protomedicato, como toda función pública en la Colonia, contaba con su oficina. El protomédico era asistido por un escribano y un promotor fiscal. Esta fue la planta básica en la mayor parte de su historia.
Al final del período colonial (1806), el Real Protomedicato, que residía en Cartagena de Indias, contaba con un protomédico, dos examinadores, un examinador de farmacia y visitador de medicina y boticas, un asesor, un fiscal y un escribano.
El escribano era nombrado por el protomédico y debía ser persona “hábil, suficiente y en quien concurrían las partes y calidades que requerían ”.
En algunos casos era el mismo escribano público y de cabildo. En 1589 fue Juan de Castañeda y en 1566 García de Toraya.
Antes de posesionarse, debía hacer el juramento acostumbrado ante el protomédico, teniendo el cuidado de ser “diligente y no cargoso en los negocios”.
El fiscal era también nombrado por el Protomedicato y “debía averiguar en la ciudad y demás partes de este distrito” por personas que incurrieran en delitos contra la salud. Promovía querellas y denuncias ante el tribunal.
Por ejemplo, Diego Serrano inició en 1622 “denunciación y causa contra” Pedro Fernández de Valenzuela, porque supo que curaba de medicina sin ser graduado.
Generalmente, una vez se iniciaba la causa el protomédico expedía auto para que dentro de un término presentara los títulos y licencias y en el entretanto quedaba en suspenso para poder ejercer.
El mismo promotor fiscal inició otra causa contra las “muchas personas así hombres como mujeres que contra las leyes reales curan de todas las enfermedades”
Su celo llegó a solicitar que se visitaran los curanderos y las curanderas de las diversas villas y ciudades. Este era un caso en el cual la iniciativa personal de un funcionario iba en contra del modus vivendi que tuvieron que aceptar las autoridades con los curanderos.
En algunos casos el protomédico comisionaba temporalmente a otras personas, quienes hacían las veces de tenientes de protomédico. Esta circunstancia se presentaba cuando se realizaban visitas por fuera de la ciudad, con la facultad para iniciar causas y tornar con los títulos dudosos para que el mismo protomédico dictaminara.
Los primeros protomédicos de Santafé datan de los años iniciales de la Colonia. Entre 1589 y 1773, la ciudad tuvo tan sólo once protomédicos, la mayoría de los cuales actuaron en Santafé.
La mayor parte mostró certificados de estudios en universidades francesas y españolas. El cargo exigía títulos universitarios, por lo que la mayor parte del tiempo el cargo estuvo vacante.
En general, ante las precarias condiciones, las exigencias tuvieron que adaptarse a las circunstancias locales, lo cual disminuía el nivel de exigencias cuando había candidatos.
Los nombramientos para optar el cargo de protomédico de la ciudad y corte de Santafé eran concedidos principalmente a personas con las suficientes letras, virtud y ciencia en la facultad médica.
Eran graduados que mínimamente habían optado el grado de bachilleres ( era indispensable para ingresar a la facultad el haber cursado filosofía), y con varios años de práctica. Sin embargo, los protomédicos fueron casi siempre (con excepción de fines del XVIII) los únicos médicos graduados existentes en Santafé.
En algunas épocas no hubo en Santafé personas que reunieran los requisitos. En estas épocas extremas se apelaba a personas con “letras” en otros saberes. Se tenían en cuenta sus estudios autodidactas en tratados de medicina y su experiencia en el arte de curar y en el conocimiento de las enfermedades locales.
Así ocurrió con los nombramientos del licenciado Antonio de Cepeda Santacruz en 1646 y el maestro Vicente Román Cancino en 1758, quien había cursado filosofía y optado grados en la Universidad de Santo Tomás.

lunes 6 de julio de 2009

El Protomedicato

Finalizando el siglo XV, los Reyes Católicos establecieron en España el Protomedicato, alto tribunal médico cuya atribución fundamental era la vigilancia sobre el ejercicio de la medicina, y su desvío por caminos poco ortodoxos.
En consecuencia, uno de los objetivos fundamentales del tribunal protomédico era la erradicación de toda clase de curanderos, ensalmos, conjuros y brujerías que, naturalmente, iban en grave detrimento de la salud de la población.
El tribunal se componía de protomédicos y los llamados alcaldes examinadores que tenían facultad para examinar y aprobar o rechazar licencias para “físicos, cirujanos, ensalmadores, boticarios, especieros y herbolarios”.
Igualmente se les confirió autoridad para intervenir y fallar en pleitos civiles y penales en los que estuvieran implicadas todas las personas que desempeñaran actividades relacionadas con la medicina.
A partir de 1523 estos oficios relacionados con la salud fueron restringidos y el tribunal protomédico se limitó a examinar y autorizar o rechazar a físicos, cirujanos, boticarios y barberos. También empezó el tribunal entonces a ejercer vigilancia sobre universidades como Salamanca y Valladolid que, según se sabía, estaban expidiendo licencias con demasiada largueza.

sábado 4 de julio de 2009

Regreso de nuevo

Hola a todos los lectores de este espacio, como se podran haber dado cuenta, hace bastante tiempo deje de escribir y actualizarlo, diferentes situaciones de indole particular y personal me llevaron a lo anterior, pero hoy con un animo renovado, me dispongo regresar a la hermosa tarea de escribir sobre mi querida y maltratada ciudad natal.

Quisiera dar las gracias a todos aquellos que con sus mensajes de aliento me apoyaron en el pasado tortuoso que gracias a Dios he superado.
Sin mas preambulos y sin tanto bombo y platillo me propongo continuar, y tal como lo dijo un personaje de cuyo nombre no quiero acordarme; aqui estoy, y aqui me quedo.

sábado 15 de noviembre de 2008

Boticarios y Boticas

La botica, parte esencial del sistema médico español, fue transplantada con todos sus rasgos característicos a las Indias. En estos establecimientos existía la tendencia a expender de manera casi exclusiva las llamadas “medicinas de Castilla”. Sus precios eran excesivamente altos por lo cual el Hospital de San Juan de Dios estableció una especie de subsidio para dotar de medicinas a los pobres.

También estos altos precios contribuyeron a que se extendiera dentro de la población el uso de yerbas y mixturas medicinales de origen indígena.

El oficio del boticario fue reglamentado por la Real Audiencia y se estableció como norma que ninguna receta podría ser despachada sin la autorización de un médico. Sin embargo, en la práctica los boticarios hacían prescripciones como ésta:

“Un boticario mandó para cólico histérico agua de hinojo, clavos piperinos y cataplasmas de ruda y cebollas fritas aplicadas en el vientre”.

Las boticas estaban por lo general respaldadas por algún convento o por el hospital. Sin embargo, en el siglo XVIII empezaron a funcionar las boticas privadas hasta el punto de que en la segunda mitad del siglo hubo protestas por lo que se consideró como una “excesiva” proliferación de estos establecimientos en relación con una ciudad cuya población apenas llegaba a los 16.000 habitantes.

Podemos suponer que quienes se ejercitaban como médicos en sus casas, componían medicinas para sus pacientes o para el público en general, ya que no existía un severo control. Alfaro, médico curandero, preparaba hacia 1790 sus propias medicinas.

En 1784 fue incrementado el control sobre las boticas privadas, y empezando el siglo XIX, los reglamentos llegaron hasta exigir a los boticarios “asistir a su botica todo el día y noche durmiendo en la pieza inmediata para acudir al despacho de las recetas y poniendo una campana que debe ser atada a la reja misma de la botica para que se sirva de ella el público”.

Pese a estar prohibido el aguardiente en todo el territorio de las Indias, los médicos y el prior del Hospital de San Juan de Dios solicitaron licencia para vender aguardiente en la botica de la institución con fines estrictamente medicinales. Las gentes creían en el aguardiente, no sólo por las propiedades desinfectantes de este licor por su contenido alcohólico, sino también porque le atribuían numerosas propiedades terapéuticas.

El prior, los médicos José de La Cruz y Juan F. Castro y el cirujano Diego de Aguilar coincidían en atribuir al aguardiente notables virtudes contra la erisipela, la esquinancia, las perlesías, los dolores reumáticos, el cáncer y las llagas fistulosas, las gangrenas, los apostemas, los edemas y los estioremas. Además creían en el aguardiente como terapia infalible contra los catarros contumaces y la hidropesía.

A pesar de las seguridades que dieron los frailes de que el aguardiente sería aplicado con fines exclusivamente medicinales, la Real Audiencia se empeñó en mantener vigente la prohibición.

Contrario a lo afirmado por historiadores como Ibáñez y Soriano Lleras, la primera botica que encontramos no data de 1631 como ellos afirman. En una lista de compras diarias del administrador de una Casa aparece la “Botica de Gutiérrez” en 1614. Es posible que esta botica sea la misma que encontramos 12 años después. La botica de Pedro Gutiérrez aparece como objeto de una prohibición para que reciba recetas que no sean rubricadas por médicos graduados.

También se cuenta con datos acerca de la existencia de una botica en la Plaza Mayor (1631), atendida por su propietario, Pedro López, de la que abrieron los jesuitas por esa época y la que necesariamente debía poseer el hospital.

En 1651 aparece identificado el boticario Antonio de Urribarri como un testigo en el juicio sobre el Protobarberato. En 1763 el Protomedicato Cortés le expide licencia a Juan José Mangue para ejercer como boticario; abrió botica en la parte baja del Colegio del Rosario. En 1763 también funciona la citada botica del Borraes, problamente en la Plaza, al cual lo reemplazó el boticario Salgado a partir de 1771.

En 1767 se trasladó la botica de la Compañía de Jesús al hospital San Juan de Dios. Para esa época era la “mejor surtida y atendida de la capital” con la obligación de atender a los pobres tanto del hospital como del asilo del Hospicio. Para entonces existían dos boticarios atendiéndola, uno mayor o primero, Fray Salvador Delgado, y un boticario segundo Fray Narciso Rico.

Las boticas aumentan a principios del XIX. Con la demanda creciente, debió ser objeto de la atención del espíritu empresarial santafereño.

En 1807 Jaime Sierra tenía botica en la Plaza y al lado una chichería, también de su propiedad. Los dos disímiles establecimientos se comunicaban por una ventanilla abierta en la pared medianera.
El Cabildo amenazó con retirarle la licencia, lo cual nunca cumplio.

miércoles 1 de octubre de 2008

Niños y jóvenes en peligro

LA COLUMNA DE OPINET
La formación de las nuevas generaciones de colombianos no va por el mejor camino
Pensar en las nuevas generaciones debería ser el mayor afán del país, pero lamentablemente vemos a diario que las amenazas que estas afrontan son críticas para su formación, por lo que aflora una grave duda acerca de lo que va a surgir de ahí: el hombre y la mujer colombianos del segundo cuarto del siglo. Veamos tres casos:
El primero. La Corte Suprema de Justicia (¡otra vez la Corte!) acaba de transmutar un caso de abuso sexual cometido en menor de nueve años en una simple injuria. Un tendero sujetó a una niña por la fuerza, la llevó a la trastienda, le palpó los glúteos, la besó abusivamente (introduciéndole la lengua) e intentó violarla sin lograr consumar el acto porque ella pudo escapar. Sin duda, hay que ser muy cínico para negar la gravedad del episodio y la incuestionable connotación sexual del abuso que -¿cómo saberlo?- podría haber tenido por colofón el homicidio de la menor.Además, muy irresponsable la Corte al darle patente de corso a un depravado que repetirá estos hechos en el futuro. Ahora, como nadie escarmienta en cuerpo ajeno, me pregunto si la CSJ hubiera tomado la misma determinación en el caso de que la niña fuera hija de un magistrado... yo lo dudo mucho. Más graves aún son los argumentos que expone el alto tribunal -superando la competencia de los magistrados porque no es su área de conocimiento- en el sentido de que la formación sexual de la menor no se verá afectada por el hecho. Es decir, mañana van a aducir que si un bebé no recuerda el abuso, no hay delito. Esa jurisprudencia es un sabotaje al propósito de la sociedad civil de darles cadena perpetua a estos monstruos.
Segundo caso. Apenas en los años ochenta, la formación de los jóvenes en la casa y el colegio era más estricta, sin que ello significase maltrato físico o sicológico; aquello de que "la letra con sangre entra" era cosa del pasado. Sí, había maestros amargados, un poco tiranuelos y humillantes, pero en general se aplicaba una sana disciplina, sin abusos graves. ¿Qué vemos ahora? Los muchachos hacen lo que les da la gana: no estudian ni hacen tareas porque al tenor del Decreto 230 del 2002, hay que regalarles el año; maltratan e irrespetan a los profesores y compañeros; no asisten a clases y, si lo hacen, se dedican a hablar por celular, a jugar play o a escuchar iPod, etc.No es mera casualidad que el quiebre se haya dado con la Constitución del 91, de la que se desprende el 'derecho' de los menores de hacer lo que les dé la gana en aras del libre desarrollo de su personalidad; o sea, el dejar que los jóvenes se formen en estado de naturaleza o que se deformen a sí mismos. Y el resultado es el incremento de los delitos de menores y el ascenso de una generación anárquica que se considera inimputable, que repudia las figuras de autoridad y no tiene respeto por las normas. De valores, ni hablemos.
Tercer caso. Estos jóvenes, ya inútiles en aras del libre desarrollo de su personalidad, y muy maleables, llegan a una universidad pública dirigida por algún drogadicto -¡vaya méritos!-, a oír arengas de personajes con capuchas y turbantes que deberían estar en la cárcel, no sólo por hacer apología del delito sino por la clara evidencia de que comparten las ideas de los grupos terroristas, defienden su accionar y trabajan por ellos. Luego, blanco es y frito se come.
Diversos estudios (como el de la Corporación Rand: Urban Battle Fields of South Asia, 2004) señalan la gran importancia de las universidades en el reclutamiento de adeptos por parte de organizaciones ilegales. Se sabe que esos encapuchados son guerrilleros infiltrados en tareas de reclutamiento y que ejecutan actos terroristas en las ciudades. Las capuchas no son tanto para garantizar la libre expresión y proteger la vida de quienes las usan como para someter las ideas y la vida de los otros.Con estos tres males basta para acabar un país; son un virus letal para cualquier sociedad

martes 26 de agosto de 2008

Genealogía del Estado

LA COLUMNA DE OPINET
El neologismo 'roscograma' es un término que retrata a la perfección una realidad perversa: que el organigrama del Estado colombiano más parece un árbol genealógico. Y a pesar de que suele recalcarse que los sueldos que paga el Estado son bajos en comparación con el sector privado, las parentelas de todo el notablato -del Presidente para abajo- se pelean y reparten todos los cargos de importancia para usufructuar el poder y las rentas públicas por los siglos de los siglos.
Está claro que hay un régimen de inhabilidades e incompatibilidades y que el tráfico de influencias se castiga, pero, hecha la ley, hecha la trampa. No hay nepotismo si yo nombro a su señora en un cargo y usted a mi prima, otro nombrará a su hijo y alguien más le dará un contrato a mi sobrino; todo, tejido finamente, como una sutil telaraña que uno no ve hasta que se la lleva puesta en la cabeza.
Y esa telaraña es una forma de corrupción tanto o más grave que el clientelismo, pues este comporta el sentido natural de la participación política, que es gobernar con los amigos. En cambio, introducir la parentela en cargos de privilegio es un aprovechamiento de lo público para obtener beneficios que, por extensión, resultan personales, y si esto estuviera reducido a sus justas proporciones -como diría un ex presidente cuya nieta, a propósito, dirige la inútil Comisión Nacional de Televisión-, esto no sería un cáncer que se está carcomiendo al Estado desde adentro.
Esta enfermedad tiene que estar muy avanzada como para que un magistrado de la Corte Suprema le pida al Presidente de la República, sin sonrojarse, mediar por un cupo para una especialización en medicina que el hijo del magistrado no obtuvo mediante examen de admisión. Es decir, gracias a las roscas, lo que natura no da, Salamanca sí otorga. Además, el grueso de la población reprueba el narcotráfico, la guerrilla, los 'paras' y, supuestamente, la corrupción, pero pocos condenan las roscas, quien las critica pasa por envidioso, y se han arraigado tan profundamente en el imaginario nacional que todo el mundo acepta aquello de que "lo malo es no estar en ellas".
Las roscas son el engranaje de eso que Álvaro Gómez Hurtado llamaba "el régimen", el sistema injusto que está estructurado para beneficio de unos pocos. Tal injusticia impide la movilidad social, viola el principio de igualdad y es el generador -por la falta de oportunidades- de la mayoría de los problemas del país.
Decir que se van a acabar suena utópico, pero pedir que se legalicen no solo es un error, sino un acto de complicidad con lo que es vicio aborrecible. Los cínicos se preguntan de qué vivirían estos roedores del Estado. Pues como son tan inteligentes y bien preparados, que funden empresas y brinden empleo; que luchen contra los trámites, el contrabando, la revaluación, la deficiente infraestructura... Pero, eso sí, sin contraticos oficiales, a ver cuánto duran. Las empresas familiares no pasan de la tercera generación, y como el Estado ha sido siempre un negocio de familia, he ahí una causa de su envilecimiento.
Así como a nadie le dan dos subsidios de vivienda, se debería reglamentar que solo una persona por familia pueda ocupar, en el Estado, cargos de nivel medio hacia arriba, así como limitar la adjudicación de contratos, concesiones, becas, emisoras, notarías, curadurías y similares. Igualmente, hay que ponerles cortapisas a los votos hereditarios -amarrados con bultos de cemento, tejas y ventiladores- porque tanta 'tipicidad' tampoco es normal ni deseable. Lo malo es que ello depende de los legisladores, que son la savia misma de ese árbol, y ellos -como diría Lampedusa- se las arreglan para cambiar el decorado pero hacer que todo siga igual. Acaso la tecnología nos depare el rigor de un computador insobornable (el Portal Único de Contratación se quedó corto), aunque es de temerse que a ese Gran Hermano lo manejen sus grandes parientes de siempre

martes 8 de julio de 2008

Jaque y mate

LA COLUMNA DE OPINET
Hace apenas seis años, por los días en que fue secuestrada Íngrid Betancur, Colombia era un país inviable. Tres días antes de ese secuestro, el presidente Andrés Pastrana dio por terminado un fallido proceso de paz con las Farc y ordenó la recuperación de un área de 42 mil kilómetros cuadrados que le había cedido al grupo subversivo para facilitar la negociación. Fueron tres años de burlas porque las Farc jamás dieron muestras fehacientes de querer hacer la paz; por el contrario, como si se tratara de una pesadilla macondiana, incrementaron al máximo sus actos terroristas y dijeron a los cuatro vientos que ellos no buscaban acuerdos de paz sino la toma del poder para instaurar un régimen marxista.
El país estaba embriagado con la esperanza de la paz, tanto que los colombianos soportaron con estoicismo el secuestro de cada día, el bombazo de cada semana, el poblado hecho añicos cada mes, las víctimas de las minas antipersona, los policías y soldados emboscados por terroristas que los superaban en armamento y número, y los muertos de toda laya: ricos y pobres, jóvenes y viejos, cualquiera que a las guerrillas les pareciera contrario a sus intereses. En contraposición, el paramilitarismo hizo lo propio en buena parte del país como para que no quedara duda de que Colombia era tierra de nadie; en consecuencia, la incertidumbre se apoderó de todos, muchos se fueron sin boleto de regreso.
Pero justo cuando más oscura estaba la noche, mientras todos los colombianos le daban un compás de espera a las Farc para que concretaran acuerdos en la mesa de diálogo, Álvaro Uribe Vélez se atrevió a condenar sin vacilaciones la actitud de las guerrillas y a señalar que era perentorio enfrentarlas con mano firme, a pesar de que la moral de las armas del Estado estaba por el piso después de varias derrotas propinadas por los subversivos.
Con ese argumento, Uribe fue elegido Presidente por un pueblo herido en su dignidad, y los resultados no tardaron en verse: las tropas fueron extendidas por todo el territorio nacional, se llevó la Policía a los municipios de donde las Farc la habían echado a bala, se militarizaron las carreteras… En cuestión de meses bajaron drásticamente todos los indicadores de violencia: los secuestros, las extorsiones, los asesinatos, las tomas de pueblos, las emboscadas, etc. Y volvieron la confianza, los sueños de futuro, las ganas de trabajar por Colombia. Los ciudadanos, que estaban prácticamente sitiados en las grandes urbes, se tomaron las carreteras en los festivos, para volver al campo y a las playas, en caravanas interminables vigiladas por los héroes de la Patria.
La guerrilla se metió a lo profundo de las selvas –y de países vecinos– a la espera de que pasara el ‘chaparrón’ de Uribe, y entonces se hizo necesaria la reelección, que, en palabras de Íngrid Betancur, ha sido la peor desgracia para las Farc porque la guerrilla esperaba un movimiento pendular de otro gobierno que abortara las políticas del actual presidente. El pueblo colombiano votó masivamente por la continuidad a pesar de algunas críticas contra el Gobierno según las cuales la guerrilla estaba intacta y no se había capturado ni un cabecilla.
No obstante, el Gobierno obró con perseverancia, confiado en que era cuestión de tiempo. Ya las deserciones habían empezado a minar a la guerrilla y se les interrumpió el contacto con los campesinos, el suministro de alimentos y hasta las comunicaciones. El Ejército ocupó zonas que la guerrilla controlaba desde hacía 40 años.
Hacia finales de 2006, la guerrilla de las Farc se reventó. El 31 de diciembre, el hoy canciller Fernando Araújo se escapó –en medio de un bombardeo– del campamento en el que estuvo secuestrado por más de un lustro. Meses después se les escapó el policía John Frank Pinchao y luego empezaron a caer cabecillas: los alias ‘JJ’, el ‘Negro Acacio’, ‘Martin Caballero’, ‘Raúl Reyes’, ‘Martín Sombra’, ‘Iván Ríos’, ‘Manuel Marulanda’…

Pero el golpe que nadie esperaba ocurrió el miércoles pasado, cuando el Ejército les arrebató a las Farc sus joyas más preciadas en un acto de prestidigitador que demuestra nuevamente –como en el caso de Emmanuel– que las Farc son un enfermo terminal que acusa una muy avanzada pérdida de sus facultades. Ya había dicho Napoleón que "La victoria pertenece a quien más persevera”, y a fe que Uribe no ha dado su brazo a torcer hasta el punto de desmovilizar a los paramilitares y devastar a las guerrillas. Por eso no debe extrañar a nadie que en la apoteosis de su mandato –con seis años en el poder– cuente con un apoyo del 90 por ciento de los colombianos y se pueda sentir optimismo por el futuro de Colombia.

miércoles 23 de abril de 2008

El Congreso, una crisis vieja

LA COLUMNA DE OPINET
Íngrid Betancourt en su libro La rabia en el corazón, cuenta que los hermanos Rodríguez Orejuela, en una reunión clandestina a mediados de los noventa, le confesaron que tenían más de 100 parlamentarios comprados. Al poco tiempo sobrevino el proceso 8000 que dejó en claro la íntima relación del narcotráfico con la política. Ahora, más de diez años después, el fantasma revive con la ‘parapolítica’ y son muchos los que se preguntan si el Congreso es o no es legítimo. Tal vez, la pregunta correcta sería: ¿Ha sido legítimo alguna vez?
Decía el economista Alejandro Gaviria, en El Espectador, que el Congreso es cada tanto el blanco favorito de los críticos porque ser duro con esa corporación hace quedar bien al acusador. Todas las frustraciones de los colombianos son dirigidas hacia la élite política, pues no se les perdona el gran poder que detentan, los altos sueldos y el constante usufructo de la hacienda y los bienes públicos, a cambio de tan pocos beneficios para el país. De esa manera, nada es más fácil que exacerbar los ánimos en contra de esa camarilla mediocre. Gaviria agregaba que esa situación de descrédito permanente alejaba de la actividad política a personas honestas y bien preparadas.
Y es que dice un viejo dicho que la política es como las salchichas, que son deliciosas pero es mejor no preguntar cómo se hacen (Bismarck). Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (Clausewitz) y si en la guerra todo se vale, es de esperarse que el pulso por el poder, en principio, y el ejercicio del mismo, una vez se ha logrado, constituyan unas dinámicas que en otros ámbitos son inaceptables.
Lamentablemente, esto refuerza la tentación de cruzar la línea muy tenue que hay entre lo moralmente aceptable, lo claramente antiético y lo abiertamente criminal. Esto es lo que habría que diferenciar en el escándalo actual para condenar lo último.
Colombia vivió muchos años sin Dios ni Ley. Primero mandaban los gamonales de pueblo o caciques políticos, hasta que fueron desplazados por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares. Por falta de afinidad política, el bipartidismo de antaño fue objetivo militar de las guerrillas y a sus representantes no les quedó de otra que aceptar el paramilitarismo no sólo para mantener el control político sino para preservar sus vidas. Esta perversión es la herencia de gobiernos pusilánimes que ignoraron sus responsabilidades y se negaron a combatir a las guerrillas por considerar que sus propósitos supuestamente altruistas las hacían merecedoras de concesiones desmedidas.
Hasta ahí, hacer un juicio es temerario. Nadie está obligado a dejarse asesinar menos cuando el Estado ha incumplido descaradamente el contrato social: lo ha roto. El problema es que como el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton), algunos políticos, en sus regiones, pasaron de la convivencia a la connivencia con los ‘paras’ y, más tarde, a la complicidad, vinculándose directamente con crímenes de diversa naturaleza para apropiarse de dineros públicos o de las tierras de los campesinos y hasta para eliminar a sus rivales políticos.
Sin embargo, la mayoría de los congresistas investigados no lo están por la comisión de crímenes tan graves sino por supuesta influencia de los paramilitares en su elección. En algunos casos son evidentes las circunstancias ‘atípicas’ en que fueron elegidos, con muchos votos a su favor en zonas de dominio paramilitar en las que años atrás no pasaban de obtener unos pocos sufragios. En otros casos investigados, la influencia no es evidente e, incluso, luce innecesaria.
Por eso no puede descartase que en este escándalo de la ‘parapolítica’ hayan otros intereses, sin duda malsanos y oscuros. En el caso del 8000, el interés de fondo fue el de no dejar gobernar a Samper y hoy puede haber un propósito similar. A muchos políticos les están cobrando el hecho de haber sobrevivido al predominio de la guerrilla en sus zonas de influencia, las que después fueron copadas por las autodefensas. Eso los convertiría automáticamente en aliados de los ‘paras’, lo mismo que el haber tenido reuniones con ellos para hablar de su desmovilización; haber ido a Ralito es un crimen, pero haber ido al Caguán o a campamentos guerrilleros no. Son curiosidades de una justicia parcializada.
Por eso es una falacia que el Congreso esté en crisis de legitimidad y entonces haya que cerrarlo. Es que el Congreso nunca ha sido limpio y falta mucho para que algún día lo sea. Nadie se daría golpes de pecho si el Presidente lo cierra pero ese fujimorazo sería visto como una arranque del más nocivo autoritarismo. Por tanto, Uribe envía una buena señal al mostrarse en desacuerdo con esas salidas populistas. En cambio, hay otros como César Gaviria o Gustavo Petro que pelan el cobre al pedir que se adelanten las elecciones del 2010, incluyendo la de Presidencia pero sin reelección. ¡Qué tal el cinismo!

sábado 15 de marzo de 2008

Situación sanitaria y remedios en la colonia


En nuestra época colonial el conocimiento de las enfermedades atravesaba por un período rudimentario y elemental. El diagnóstico médico se hacía a través de la observación clínica de algunos aspectos del paciente: el pulso, la orina, el semblante y el grado de sensibilidad del vientre.
Por el pulso se podía saber sobre la condición del humor de la sangre. Por el olor de la orina, podía diagnosticarse el estado de ese otro humor. Por el semblante y la temperatura se conocía sobre el predominio de la ecuación frío calor y el tacto del vientre podría mostrar hasta qué punto existía una hinchazón interna o un apostema o una obstrucción.
Hecha la diagnosis, los remedios invariablemente tenían que ver con la dieta, las lavativas, los emplastos y la sangría.
La dieta, con diferentes variaciones, estaba orientada a restablecer uno de los principios en la dualidad seco/húmedo. El agua hervida se consideraba cálida y la cruda fría. Muchas veces se recomendaba no beber agua o se recetaba dieta húmeda.
La purga era el mecanismo más manido de la medicina. Servía para “sacar los malos humores“, apelando a la farmacopea vegetal o simplemente a la lavativa. Era pues un elemento de limpieza indispensable, de la misma manera en que se consideraba que el estornudo era una “descarga de la cabeza”. Dentro de esta lógica, las diarreas no se atacaban; por el contrario, se consideraban benéficas.
Los emplastos servían para producir externamente focos de frío o calor y para curar dolores internos o externos, por ejemplo, dolores de costado y reumas. El sudor inducido con alimentos calientes o mediante bebidas alcohólicas servía de alivio para crisis internas.
Otro recurso tan socorrido que casi tenía la calidad de una panacea era la sangría. Tan común era que existía un oficio especializado: el barbero y el flebotomiano.
Las hierbas medicinales y los compuestos de origen vegetal tenían usos muy particulares. La mentalidad altamente casuista del español la asimilaba muy bien. Pero en general, un medicamento vegetal se clasificaba según la lógica hipocrática de los contrarios. La viravira es hierba “cálida”, la borraja es “fresca”, el hinojo y el eneldo son de naturaleza “cálida”.
Ante la ausencia de compuestos químicos se usaron extensamente las secreciones naturales: la orina, la leche humana, el estiércol de caballo. A fines del período colonial nuestro más ilustre médico, el profesor Mutis, recetaba sudor, montar a caballo y leche de burra.
Con respecto a las enfermedades de las mujeres, según el saber de Valenzuela, éstas se reducían a pocas cosas:
Todas las enfermedades que sobrevenían como consecuencia del alumbramiento eran denominadas `sobreparto’. Las afecciones internas peculiares de la mujer se llamaban ‘mal interior y las afecciones crónicas del abdomen cuyas causas eran desconocidas las denominaban obstrucciones.
Es forzoso anotar que el ejercicio de la medicina, no sólo en Santafé sino en todo el vasto territorio de las Indias, recibió desde sus comienzos el ingente aporte de las yerbas medicinales que conocían y utilizaban los indígenas de todo el continente.
También en ese aspecto vale anotar que el deplorable grado de atraso no se diferenciaba mucho del nivel medio de la medicina. Sobre la automedicación decía un documento del siglo XVI:
“Se ha visto que los más vecinos y otras personas, por experiencias que han tenido, tienen conocidas sus complexiones y se saben sangrar y purgar con cosas que por experiencia se ha visto ser provechosas, por lo cual algunos enfermos no han tenido necesidad del dicho médico y ha sido Dios servido de darles salud”.
Dado el hecho de ser la medicina costosa y poco eficiente, los santafereños siguieron por mucho tiempo empeñados en encomendar sus curaciones a la misericordia divina y a su propia intuición y experiencia. Decía otro documento de la época:
“Porque algunos hombres pobres y aún ricos que tienen alguna calenturilla, o un dolor de cabeza, vagidos, una ventosidad, un romadizo o una enfermedad del estómago, pasan sin llamar médico ni gastar botica y con sólo seguir regimiento quedan sanos”.
Por otra parte, la situación sanitaria fue absolutamente lamentable durante el período colonial. Sólo en los comienzos del siglo XIX, cuando llegó a Santafé la vacuna contra la viruela, puede decirse que la salubridad pública conoció algún progreso. De esa fecha hacia atrás, el panorama es sencillamente tétrico. Hacia el final de la Colonia escribía sobre este particular el sabio Mutis:
“Si a las calamidades endémicas se agregan los males propios a la humanidad; las anuales epidemias que son comunes a todo el mundo y la inmensa variedad de enfermedades originadas de los desórdenes de los alimentos, bebidas y mal régimen; reunidas tantas calamidades que diariamente se presentan a la vista, forman la espantosa imagen de una población generalmente achacosa, que mantiene inutilizada para la sociedad y felicidad pública la mitad de sus individuos, a los unos por mucha parte del año y a otros por todo el resto de su vida”.
La triste verdad era que contra la mayoría de las dolencias más frecuentes de entonces sencillamente no había remedio. Hay un documento muy curioso de 1790 en el que un médico de apellido Froes hizo un recuento en el que clasificó por géneros las enfermedades más frecuentes en Santafé. Desbrozado el diagnóstico, el resultado de las enfermedades fue el siguiente:

I. De género inflamatorio:
Dolores de costado.
Las anginas.
Reumatismo.

II. De género humoral:
Las pútridas: con inflamaciones y sin inflamaciones.
Las comunísimas.
Las catarrales.
Las pituitosas.

III. De género crónico:
El gálico.
El escorbuto.
Pocas diarreas.

IV. De género endémico:
Hipocondrías.
Cachexias.
Obstrucciones.

V. Frecuentísimas:
Hidropesías.

VI. Epidémicas:
Tabardillo.
Sarampión.
Viruela.

A este listado de enfermedades corrientes Mutis agrega otras de tipo endémico. “Las escrófulas, llamadas vulgarmente cotos y las bubas llagas y se añaden dos enfermedades, la lepra y la caratosa, esta última en concepto de Mutis “una especie de lepra judaica”.
Dentro de este cuadro verdaderamente desastroso de salud pública en Santafé y el Nuevo Reino, el sector más afectado era naturalmente el de los indígenas, especialmente afectados por las enfermedades europeas y totalmente desprotegidos. Para el indio no hubo jamás la mínima asistencia médica. Dice un documento de la época:

“Desde que el indio enferma hasta que lo llevan a enterrar no es visitado por su amo, y si entonces sabe que murió, no es porque ha tenido cuenta con él sino porque el cura no quiere enterrarlo sin que le paguen”.

miércoles 12 de marzo de 2008

El cazador de cabezas

LA COLUMNA DE OPINET
Por Pedro Lastra, periodista Venezolano

Termina la cumbre del Grupo de Río con un insólito aunque previsible resultado: Correa puesto en ridículo, Daniel Ortega con la cola entre las piernas y Hugo Chávez tragándose sus poderes de seducción ante un hecho incontrastable: Álvaro Uribe le ha vuelto a dar una lección de estatismo, seriedad, coraje y sentido histórico.
Regresa a Bogotá con la cabeza de Raúl Reyes en una mano, el brazo de Iván Ríos en la otra. Unas FARC que se desmoronan de día en día y de minuto en minuto. Y la maleta llena de risas y abrazos. Un auténtico cazador de cabezas.
No fue por un puñado de dólares. Como los que le permitieran a un aficionado Rafael Correa hacerse con el poder de un país que en su momento Simón Bolívar calificara de republiqueta. Que de otra manera no se explica que un país hecho y derecho sea gobernado por un amateur tan bisoño y lampiño que da grima. Ni los que le han permitido a Hugo Chávez contar con la sonrisa de la Sra. Fernández de Kirchner y la servil obsecuencia de uno de los revolucionarios más desprestigiados y corrompidos del mundo, como el comandante Daniel Ortega.
Han terminado en el sitio del que jamás debieran haber salido: en la pista del circo de la política latinoamericana. ¿Cómo es que Chávez rompe relaciones, echa al embajador de Colombia, moviliza diez batallones, pone a nuestro país en pie de guerra para terminar pocas horas después abrazado con el "peón del imperio", "el lacayo de las multinacionales" y "el cínico cachaco del palacio Nariño"? ¿Borrón y cuenta nueva? ¿Aquí no ha pasado nada? No me crean tan.......
Tanta alharaca, tanta bravuconería, tanta tronante amenaza para demostrar que del cerco de sus dientes no salen más que bravatas. Un tigre de papel!! ¿Qué le pasó a sus ímpetus guerreros? ¿Qué a sus afanes expansionistas? Flatulencias, eructos, hipos y carrasperas.
Imposible olvidar a Jaime Lusinchi, un presidente bonachón y sin ínfulas de generalato, que se cuadró frente al Caldas e impuso la defensa de nuestra soberanía. Imposible olvidar a Rómulo Betancourt, que sacó a patadas al comandante Ochoa Sánchez, a Ulises Rosales del Toro y a Tomás Menéndez, Tomassevich, de Falcón y El Bachiller, expulsando de paso a Fidel Castro de la OEA. Eran la flor y nata de las guerrillas cubanas – las FARC de la Sierra Maestra – y salieron con la más homéricas de las diarreas.
Eran otros tiempos: presidentes cojonudos, silenciosos y corajudos. Que antes de hablar pensaban. Y luego de hablar, actuaban. Dispuestos a entregar sus vidas en el campo de batalla. No estos generales de papel maché que se esconden en el museo militar y protestan porque pillan a sus terroristas en calzoncillos.
El gran triunfador de jornada, Álvaro Uribe!! Violeta Parra le hubiera cantado: "discreto, sobrio y sencillo, son joyas resplandecientes, con las que el hombre que es hombre, se luce decentemente".
A Simón Trinidad y otros altos dirigentes de las FARC se unen Raúl Reyes e Iván Ríos. La cacería es inclemente. La desbandada es total. Tan grande es la debacle, que Chávez se rinde, Ortega se arrastra y Correa se esconde. Mayor fiasco, imposible. Tienen sus días contados.

miércoles 5 de marzo de 2008

Gobiernos auspiciadores del terrorismo

LA COLUMNA DE OPINET
Los acontecimientos de las últimas horas en Colombia han tomado un giro inesperado: de la buena noticia de haber abatido a ese criminal despiadado y sanguinario que era alias ‘Raúl Reyes’, el segundo al mando del grupo terrorista de las Farc, se pasó a las tensiones de un posible conflicto regional entre Colombia y sus vecinos Ecuador y Venezuela - cuyos gobiernos auspician el terrorismo como se sospechaba desde hace largo rato y como ahora ha quedado en evidencia -, ante los reclamos airados de Hugo Chávez y Rafael Correa por la ‘violación de la soberanía’ del Ecuador durante el operativo militar que dio cuenta del terrorista.

Los sucesos desencadenados por la muerte de ‘Reyes’ van de lo más absurdo a lo verdaderamente insólito. El Gobierno colombiano informó, desde el comienzo, que el terrorista había sido abatido en territorio ecuatoriano y su campamento bombardeado por la aviación militar. Se informó que, acto seguido, unidades terrestres penetraron la frontera y tomaron su cadáver para evitar que la guerrilla negara la muerte del cabecilla, como es costumbre, además de documentos y cuatro computadores. Eso le informó el Presidente de Colombia a su similar de Ecuador, y fue divulgado ampliamente por los medios de comunicación, la mañana del sábado. En un principio, Correa aceptó la explicación y se limitó a decir que su gobierno investigaría los hechos. Fue Chávez, en la tarde, quien calificó la acción como una violación de la soberanía y advirtió que si eso llegara a pasar en Venezuela sería ‘casus belli’, causa de guerra.
Lo del domingo fue peor. Correa salió a vociferar que, en efecto, se había presentado una flagrante violación de la soberanía del Ecuador, y coincidió con Chávez al afirmar que no había sido un combate sino un “cobarde asesinato”; que a ‘Reyes’ lo habían sorprendido dormido y que Colombia debió informar al Ecuador para que sus fuerzas capturaran al delincuente. De forma inconcebible, extravagante y asombrosa, Chávez - y su corte - le brindó un minuto de silencio en homenaje al compañero caído y lo tildó de “buen revolucionario” cuando ninguna víctima de las Farc le ha merecido, a ese gobierno, la menor consideración. Los responsos fueron acompañados desde Nicaragua por su presidente, Daniel Ortega.
Luego vinieron las decisiones conjuntas contra Colombia. Chávez movilizó diez batallones a la zona de frontera, ordenó alistar los aviones de combate Sukhoi - sus nuevos juguetes - y cerró la embajada en Bogotá, notificando a todo su personal que debían regresar de inmediato.
Correa no se quedó atrás: envió tropas a la frontera con Colombia, llamó a consultas a su embajador en Bogotá y expulsó al embajador de Colombia en Quito. A eso se sumó después el coronel golpista, expulsando de su país a la delegación diplomática colombiana.
Como colofón a estos insucesos, el lunes, varios gobiernos de todo el mundo mordieron el anzuelo y criticaron la acción de Colombia pero pasaron por alto el meollo del asunto: el hecho de que ‘Raúl Reyes’ durmiera a pierna suelta en Ecuador, lo que constituye la prueba reina de que ese país alberga terroristas. De ese hecho ya existían más que sospechas; el mismo Luis Eladio Pérez, uno de los secuestrados (por casi siete años) que las Farc liberaron la semana anterior, relató que la guerrilla lo tuvo un tiempo en ese país, y que la comida era ecuatoriana, la dinamita era ecuatoriana y la munición era ecuatoriana. Eso no lo venden en la tienda de la esquina. Pero, además, en las fotografías y videos que se han conocido del campamento donde fue abatido el terrorista se puede apreciar que este no era un refugio pasajero. Las características de su construcción demuestran que era un albergue permanente de varios meses de construido y en el que se sentían seguros, precisamente, por estar ‘fuera del alcance’ del Estado colombiano.
Tras los actos terroristas de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, el Derecho Internacional prevé mayores esfuerzos contra el terrorismo que trascienden, incluso, la integridad territorial de un país, eso es secundario. El operativo realizado por el Ejército y la Policía de Colombia se desarrolló en un área selvática donde no hay infraestructura de ningún tipo ni civiles ecuatorianos que pudieran ser víctimas ‘accidentales’. En esos campamentos sólo había criminales colombianos que martirizan a sus compatriotas y corren a resguardarse en territorios vecinos, ahí sí violando la soberanía, ingresando de manera ilegal porque ni siquiera los gobernantes de esos países tienen fuero constitucional para otorgarle patente de corso a los delincuentes de naciones vecinas.
No habiendo posibilidad, entonces, de provocar ‘daños colaterales’, se ejecutó una operación limpia en la que además no había intención alguna de permanecer en el territorio extranjero o de sustraer su dominio. De hecho, la operación sólo duró 14 minutos y ni siquiera se intentó ocultarla. En esto, en su carácter transparente, el Gobierno colombiano ha sentado cátedra, ha actuado siempre con la verdad - como se demostró en el caso del niño Emmanuel - en tanto que las Farc y sus amigos siempre han mentido. Basta recordar las palabras de Hugo Chávez en una visita a Colombia en 2004: “No apoyo ni apoyaré jamás a la guerrilla colombiana, ni a movimiento subversivo alguno contra gobierno democrático alguno. Les juro por Dios y mi madre santa (…) que si yo apoyara la guerrilla no tendría cara para venir aquí a Cartagena” (ver http://www.youtube.com/watch?v=6sEWDlTirWU).
Las fuerzas de Colombia podrían haber sacado sin afanes todos los cadáveres, haber vaciado el campamento y limpiado la zona, para luego armar un escenario de guerra en territorio propio y señalar que ‘Reyes’ fue abatido en Colombia. En ese caso, Ecuador tendría que haber guardado total silencio porque lo contrario sería reconocer su complicidad. ¿Por qué el gobierno de Uribe no actuó así? Es cuestión de convicciones, el gobierno colombiano prefirió hacer las cosas al derecho, aunque Maquiavelo hubiera recomendado otra cosa. Dirán algunos que también se pudo o se debió recurrir a las autoridades ecuatorianas, pero la verdad es que habiendo tantas dudas sobre su neutralidad eso habría sido frustrar un éxito contra el terrorismo y a esta hora seguiría ‘Reyes’ cometiendo crímenes contra los colombianos.
Lamentablemente, es obvio que Ecuador no está reclamando por un par de árboles caídos - por las bombas - sino por los terroristas que protegía en su territorio, actitud que debería ser castigada por la comunidad internacional.

miércoles 20 de febrero de 2008

Medicina y beneficencia en la Colonia


En la época de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, el saber médico y quirúrgico de la metrópolis desconocía los avances y descubrimientos que se habían realizado por fuera de sus fronteras. El conocimiento que se impartía en las universidades (de Alcalá, Sevilla y Osuna, entre otras) estaba supeditado principalmente a la lectura de Hipócrates, Galeno y Avicena. Con el estudio teórico de estos autores durante cuatro años (a cada año correspondía un curso) y después de haber practicado en compañía de un médico aprobado, los alumnos debían examinarse ante un protomédico, antes de librarles las cartas de bachilleres.
Entre los cirujanos había dos categorías: la de los latinos, que era considerada como superior puesto que en ella se exigía el dominio absoluto del latín, y la de los romancistas, de formación empírica a quienes se excusaba del conocimiento del latín. En el último nivel estaban los barberos, los parteros de ambos sexos y los curanderos, que por lo general ejercían su oficio en las aldeas.
Los barberos, cuya actividad principal era cortar barbas y cabellos, ejercían también otras relacionadas con la medicina. Las más frecuentes eran la práctica de sangrías y la extracción de muelas.
Lógicamente, en la capital de este Nuevo Reino de Granada imperaban, agravadas, similares limitaciones en la práctica de la medicina; es decir, que las herramientas con que se contaba para hacer frente a dolencias, plagas, epidemias y demás enemigos de la salud humana, eran tan primitivas e ineficientes como las de muchos siglos antes. Los conceptos fundamentales de la medicina eran básicamente los mismos que prevalecían en España por esa época. Seguían en plena vigencia los conceptos fundamentales de Hipócrates y Galeno. Según la doctrina hipocrática, el organismo humano tenía cuatro agentes activos o “Humores”: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. De acuerdo con la tesis del maestro griego, cada uno de estos humores tenía una complexión: la sangre caliente y húmeda; la flema fría y húmeda; la bilis negra, fría y seca; y la bilis amarilla, caliente y seca. También afirmaba Hipócrates que los tres órganos más importantes del cuerpo corazón, cerebro e hígado eran, respectivamente, seco y caliente, húmedo y frío y caliente y húmedo. Un cuerpo normal y saludable tendría entonces abundancia de calor y humedad. Sin embargo, Hipócrates aceptaba que este equilibrio podría variar según las diferentes personas, por lo cual podía haber complexiones esencialmente calientes, húmedas, frías o secas.
La salud sería, en consecuencia, el resultado de la buena armonía y adecuado equilibrio entre estas cualidades. Al producirse cualquier desequilibrio vendría el dolor y aparecerían los quebrantos de salud. De ahí que las principales terapias encaminadas a balancear estos elementos eran las purgas, los eméticos, las sangrías y las ventosas.
A pesar de las limitaciones de la medicina colonial, estas escasas luces estuvieron ajenas en nuestro medio. Por diversas razones, antes del siglo XIX no se pudo establecer en regla una cátedra de medicina y mucho menos estructurar un plan de formación académica. Por supuesto, hubo muchos intentos. Desde el siglo XVI los dominicos solicitaron autorización al Virrey para que se pudieran establecer estudios académicos. Durante el siglo XVII hubo también amagos que no se concretaron.
El médico Enríquez de Andrade intentó iniciar una cátedra de medicina ad honorem pero desistió por diferentes razones.
Con la fundación del Colegio del Rosario, se incluyeron dentro del plan algunos cursos de medicina encadenados a los de jurisprudencia y filosofía. En 1651 los demás cursos habían empezado a funcionar, menos el de medicina “por no haber persona idónea para desempeñarla “. Aún en el siglo XVIII se encuentran intentos igualmente frustrados.
En 1733, en momentos en que en Europa ya empezaban a darse pasos decisivos en el camino hacia la medicina moderna, el médico italiano Francisco Fontes, que por extraños designios vino a parar a esta remotísima ciudad, ofreció sus servicios para ocupar la cátedra que se hallaba vacante en el Rosario. La oferta le fue aceptada, pero el italiano hubo de retirarse de ella al poco tiempo al no inscribirse ni un estudiante debido a que la sociedad santafereña consideraba que el ejercicio de la medicina era propio sólo de personas de baja condición social.
Más tarde, en 1760, la cátedra fue ocupada por un personaje llamado Román Cancino quien, aunque no tenía título de médico, sí poseía algunos conocimientos. Más tarde falleció Cancino y lo reemplazó un doctor Juan de Vargas, que regentó una cátedra de medicina elemental en forma irregular y accidentada.
Ya en plena Ilustración, el Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora trató de reestructurar la cátedra de medicina imprimiéndole un carácter más serio y científico. El fracaso de la iniciativa fue total. Por aquella época, ese brillante visionario de la realidad política, económica y social del Nuevo Reino que fue Pedro Fermín de Vargas escribía sobre este tema:
“Es un dolor que habiendo en Santafé tanta cátedra de teología que es muy poco necesaria en estos países, no se haya puesto cuidado en una tan útil al hombre como es la de medicina”.
Resulta pertinente anotar aquí que este concepto fue herencia directa de la España posterior a la reconquista, en la cual los oficios prácticos eran ejercidos por moriscos y judíos conversos o sus descendientes. En consecuencia, la práctica de cualquiera de esas actividades hacía sospechosos a quienes las ejercían de llevar sobre sí el deprimente estigma de cristianos nuevos. Por el contrario, el cristiano viejo sin mancha de sangre sarracena o judía era guerrero, eclesiástico, letrado, o señor de la tierra. En América Latina este menosprecio hacia las actividades prácticas como la medicina, perdió las connotaciones de tipo ético religioso para adquirir otras de carácter puramente social.

En 1801, cuando ya el Nuevo Reino estaba recibiendo desde hacía varios años el benéfico influjo del sabio Mutis, fue nombrado un sacerdote de apellido Isla para montar y organizar en el Rosario una cátedra seria de medicina. El padre Isla diseñó un plan de estudios de ocho años, destinando cinco para estudios teóricos y tres para práctica. Se introdujeron clases de anatomía, fisiología y patología en un intento por emancipar los estudios de la tradicional tutela hipocrática. El padre Isla llevó a sus estudiantes del período práctico al hospital de San Juan de Dios y alcanzó a graduar a siete, con lo cual puede decirse que se iniciaba en firme la actividad profesional en el campo de la medicina en Bogotá.

jueves 14 de febrero de 2008

El mandato contra las FARC



LA COLUMNA DE OPINET

Sería difícil entrar a cuestionar si las marchas multitudinarias contra las Farc marcan un quiebre absoluto entre la posición ‘indiferente’ que de tiempo atrás había tenido la población colombiana y ese momento tan esperado en que la gente manifestara un cansancio y un hastío totales frente a la situación de conflicto y sus protagonistas, sobre todo con nombres propios como ha ocurrido. Eso se verá en la medida en que el impulso alcanzado en estos momentos de ‘efervescencia y calor’ se renueve cada vez que sea necesario y no se convierta esta manifestación de rechazo en flor de un día. Bajo esta perspectiva, se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la marcha del 4F - y las subsiguientes, u otras manifestaciones de repudio - tendrá su efecto.
Lo que sí está muy claro es el significado resultante de la protesta y para explicarlo hay que ser claros en el sentido de que por lo menos cinco millones de personas marcharon contra las Farc, en representación de todo el país. El número de manifestantes, su diversidad social, racial, cultural, etc., y los diversos escenarios en los que se desarrolló la protesta, dan cuenta de un fenómeno nacional de proporciones inusitadas. Se marchó en las principales ciudades del país pero también en pequeños y apartados municipios donde ni siquiera había organizadores directos de la protesta. Marcharon desde los barrios más encopetados hasta las personas más pobres. Marcharon gentes de todas las razas y de todas las profesiones; desde las personas más doctas hasta quienes no han tenido mayor acceso a la formación académica. Marcharon personas de todas las vertientes religiosas y de todas las corrientes políticas.
El número de manifestantes merece un comentario aparte. No marcharon los 22 millones de personas que pedían las Farc (en un comunicado apócrifo) para sentirse aludidas y cambiar su actitud. Sin embargo, una cifra entre los cinco y los diez millones constituye una participación masiva porque es virtualmente imposible que todas las personas acudan a un mismo sitio a la misma hora. Hay unos diez millones de niños, menores de doce años, a los que no se les debe llevar a estas concentraciones y que tampoco deben dejarse solos - sin la compañía de adultos -en el hogar.

Hay cientos de miles de personas enfermas y de ancianos que no podrían acudir. Hay muchísimas personas que viven en lugares muy apartados de cualquier centro urbano y son millones los que debían laborar y para quienes no había permiso alguno para participar de la movilización. A esto se suman los problemas de transporte para trasladar a tantas personas en tan poco tiempo y el número finito de individuos que caben en un sitio determinado, como la Plaza de Bolívar.
Pero el asunto no se queda sólo en la participación masiva y plural, desde todo punto de vista, sino en el atronador e inequívoco mensaje de repudio contra las Farc, expresado a través de mensajes impresos en camisetas y pancartas, o de consignas coreadas por la multitud.

Esta vez, los colombianos no salieron a chupar paleta y a disfrutar música de ‘papayeras’ como en otras marchas donde se diluyeron las quejas en llamados generales contra la violencia. Antes, a la gente le daba miedo expresarse contra la guerrilla o se sumaban - por facilismo - a quienes abogan por un acuerdo político, por esa falacia de que las Farc eran invencibles y para terminar el pleito habría que acogerse a sus exigencias.
Y este es el principal cambio a partir de la marcha: el pueblo colombiano ha dado un mandato por su dignidad en el que ya no está dispuesto a aceptar el chantaje de paz a cambio de lo que los terroristas quieran.

Si las Farc se desmovilizan serán bienvenidas, sin mayores privilegios, en el seno de la sociedad; si siguen en el monte, el Gobierno ha recibido no un simple apoyo en la tarea que ha venido cumpliendo de combatir a la subversión, sino un verdadero encargo de hacerlo por mandato ciudadano.
Finalmente, es importante señalar el triste error en el que caen algunos ‘amigos’ de la subversión al decir que el odio y el repudio sólo conducirán a más guerra y cierran la puerta de una solución negociada. Nada ha atizado más la violencia en Colombia que la indiferencia social y la ausencia de Estado; por lo tanto, lo contrario no puede producir más de lo mismo. Y fueron las Farc las que cerraron, con sus humillaciones, cualquier posibilidad de que el pueblo colombiano les agache de nuevo la cerviz, como procuran los marxistas trasnochados que las acompañan.

El sabotaje de la marcha en París

La marcha del 4 de febrero, en París, tenía como punto de encuentro el Hotel de Ville, algo así como decir la Alpujarra en Medellín o la Plaza de Bolivar en Bogotá. El viernes, la familia de Ingrid Betancur le pidió al alcalde de París que anulara la marcha porque era "organizada por los paramilitares y el Gobierno colombiano". Ante las presiones de la familia Betancur, el alcalde de Paris decidió cambiar el sitio de encuentro y enviarnos a la Plazoleta de Chatelet. Es decir, pasamos de la Alpujarra a la Plazuela Uribe Uribe o de la Plaza de Bolivar al Parque del Periodista en Bogotá. Todo esto se los explico en analogía para que se puedan hacer una idea del cambio al que fuimos sometidos faltando solo dos días para la marcha.
Pero uno de los principales motivos para cambiar el sitio de la marcha es que en Chatelet no hay una foto de Ingrid Betancur como la que está en el Hotel de Ville, la que su familia llegó a pensar que sería violentada.
En la Place de Chatelet no se tienen las mismas comodidades: el acceso es complicado porque al lugar lo bordean cuatro calles fuertemente transitadas, por lo que sólo se pudo marchar en círculos, pero en turnos, porque no era posible hacerlo todos al mismo tiempo.
Sobre la hora, muchos colombianos llegaban perdidos a buscar sus compatriotas en el punto de encuentro anteriormente establecido: el Hotel de Ville. Pero los policías que custodiaban la alcaldía de París (lugar del encuentro), tenían orden de no dejar pasar a nadie vestido de blanco o con alguna prenda de ese color.
Por tal motivo era casi imposible prevenir a las personas que iban llegando al Hotel de Ville buscando a los demás marchantes. Ante esa situación me propuse para ir hasta el Hotel de Ville para enviar a los perdidos a la Place de Chatelet. En el camino constaté cómo el organizador y otra niña fueron detenidos por la policía indicándoles que no podían dirigirse al Hotel de Ville. Yo pude pasar, por fortuna, porque tenia un abrigo oscuro que cubría mi camisa blanca.En el Hotel de Ville me encontré con muchos colombianos que estaban 'perdidos', y creían que la marcha se había cancelado. A muchos pude hablarles pero la policía no dejaba que se juntaran personas allí. Estuve alrededor de una hora redireccionando personas hacia la Place de Chatelet. Luego volví a la marcha donde me dio alegría ver al señor embajador y una buena comitiva de colombianos y franceses que en medio del frío y la lluvia se concertaron para decir: ¡NO A LAS FARC! ¡NON LES FARC!
Todo parecía marchar muy bien hasta que llegaron algunos franceses diciendo que no debíamos estar ahí. En un momento me sentí tan ofendida que le pregunté a uno de ellos si sabia lo que era sufrir por un secuestrado, si conocía el dolor de los amigos o familiares a quienes se les secuestra un ser querido. Le pregunté quién era y, para mi sorpresa, su respuesta fue: "Soy del comité de apoyo a la familia de Ingrid Betancur." Todo me pareció demasiado obvio, porque en Francia la polarización por el tema del secuestro pasa por las manos de la familia Betancur.

En París el clima de la "marcha" (y la escribo entre comillas porque fue solo una concentración) estuvo llena de contradicciones entre colombianos y franceses GRACIAS A LA INFLUENCIA DE LA FAMILIA BETANCUR.

Hoy ante todos ustedes quiero denunciar la manipulación que tiene la familia de Ingrid Betancur sobre los medios en Francia, notablemente en Paris...


Maria Paula

Abogada

Doctorado en Ciencias Politicas

Paris - Francia

viernes 1 de febrero de 2008

Nos vemos el 4 de Febrero

LA COLUMNA DE OPINET
Muchos deben recordar las marchas multitudinarias que hubo en España en 1997, en protesta por el asesinato —cometido por ETA— de Miguel Ángel Blanco Garrido, concejal de un pequeño pueblo de Vizcaya. En Colombia, cientos de concejales han sido asesinados en los últimos 20 años sin producir siquiera un titular de prensa en primera página y, mucho menos, sin constituirse en motivos de protesta o cambiar en lo más mínimo el devenir nacional. A Luis Carlos Galán, un contubernio entre mafia y política, lo asesinó un viernes, y al domingo siguiente el país entero estaba consagrado al partido de fútbol de la selección Colombia en Barranquilla, en busca de la clasificación al Mundial de Italia.
Hemos vivido anestesiados. A las presentes generaciones de colombianos sólo nos han tocado tiempos de violencia y desgobierno entrelazados con cortos periodos de aparente tranquilidad. Podría decirse que tenemos costumbre, que hemos hecho callo en el alma ante unos hechos y realidades que en otras latitudes serían perturbadoras; por tanto, se nos señala —y nos autoincriminamos— de ser indiferentes. Sin embargo, también podría decirse que esa actitud ha sido un mecanismo de defensa que nos ha permitido seguir una vida normal: mientras Pablo Escobar desataba la más fuerte oleada terrorista en ciudades como Medellín y Bogotá, la gente continuó sus actividades rutinarias casi sin variación alguna; trabajando, estudiando, divirtiéndose.
Solemos utilizar otro mecanismo de defensa aún más cruel: si secuestran a alguien se le inculpa por tener mucho dinero; si asesinan a otro, ‘quién sabe en qué enredo andaba’, o ‘nadie lo mandó a meterse con esa gente’… y así. Es decir, para subsistir a pesar del miedo, para que la desconfianza y el desasosiego no nos paralicen, para que tanta desventura no nos intimide, le atribuimos la culpa a las víctimas para así creer que la cosa no es con nosotros o con nuestras familias, porque ‘uno no anda metido en cosas raras’ ni es una presa atractiva para los delincuentes porque —decimos— ‘uno no tiene nada’.
Tal vez, si hace tiempo hubiéramos comprendido aquella reflexión que se le atribuye a Bertolt Brecht —su verdadero autor es Martin Niemoeller— que dice “primero vinieron por los comunistas…”, a lo mejor nos hubiéramos ahorrado muchas desgracias y podríamos haber conformado una sociedad más igualitaria y justa que a estas horas nos llevaría años luz de ventaja en materia de desarrollo y, sobre todo, de paz, de ese sosiego que se vive en muchos países aunque haya algún grado de pobreza y de exclusión. Tan lejos ha llegado este cuadro cataléptico colectivo, este letargo, este adormecimiento de nuestras gentes que en repetidas encuestas figuramos como el pueblo más feliz del mundo, como las personas más dichosas y satisfechas, acaso porque eso produce el saberse vivo entre tanta violencia y el sobrevivir el día a día sin un rasguño, a pesar de la bomba en la ciudad, del secuestro en la carretera, de la masacre en la vereda, de la balacera en el barrio.
No obstante, esos mecanismos no pueden ser permanentes en el imaginario del individuo. Algún día nos teníamos que cansar y cada vez somos más los que no admitimos la opción de la indiferencia ante quienes no atienden a la naturaleza del pacto social, que no es una alternativa más o una opción que se toma o se deja a voluntad, y mucho menos una atadura que enmarca una tiranía cuando lo que hay es una democracia cada vez más profunda. Entonces, no hay más espacio para la indiferencia hacia los actos violentos pero tampoco hacia el Estado que osa incumplir con sus deberes primordiales, tanto el de proteger a los ciudadanos como el de mejorar las condiciones de vida de todos.
La marcha del 4 de febrero —contra las Farc, contra el secuestro—, al originarse por iniciativa ciudadana, es la simiente del despertar de los colombianos, del fin de la indiferencia y el comienzo de una etapa de mayor participación ciudadana y de manifestaciones sustantivas no tendenciosas que deberán llevarnos a un estadio de paz y prosperidad que los colombianos no hemos conocido pero que merecemos y que vendrá cuando entendamos que nuestro bienestar es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.
Y, con esas marchas, cada uno se hace responsable, con su asistencia, de su propio rechazo a los violentos. Porque no basta ya con un repudio sobrentendido sino que es la hora de levantar la voz antes de que vengan por nosotros, por cada uno, y sea ya demasiado tarde.

miércoles 28 de noviembre de 2007

La esperanza, al congelador

LA COLUMNA DE OPINET
Ya habíamos advertido que nada bueno podía salir de una mediación, entre el Gobierno colombiano y las Farc, a cargo de personajes tan desprovistos de neutralidad como el presidente Chávez y la senadora Córdoba, antípodas y enemigos del presidente Uribe, pero era inimaginable un desenlace tan absurdo, que implicara el 'congelamiento' de las relaciones entre países y el resquebrajamiento de la 'química' que había entre los mandatarios, mancillada por las injurias de un Chávez iracundo por un asunto que ni siquiera es de su competencia, que atañe solo a la soberanía de Colombia.
Chávez no tenía derecho a embejucarse. Era potestad del Gobierno colombiano terminar la mediación cuando lo considerara pertinente, máxime cuando había razones de sobra. En tres meses no se avanzó un centímetro en el tema humanitario por mucho que asegure ahora la senadora Córdoba que algunos de los secuestrados iban a comer pavo con sus familias en Navidad y que, en enero, las Farc se iban a sentar a firmar la paz. Por otro lado, todo estuvo girando en torno de la idea de un despeje, esta vez en el Yarí, para Chávez conversar con un 'Marulanda' que muchos presumen muerto y que, aunque viviera, esa reunión solo tendría por objeto deshacer la tenaza con que las Fuerzas Armadas de Colombia están triturando a los subversivos de las Farc. Finalmente, las cosas estaban tomando un tinte insospechado con esa llamada al general Montoya, que por mucho que doña Piedad jure que era casual, inocente y rutinaria, no lo era.
El chasco fue de tal magnitud que en los tres meses no se consiguieron pruebas de supervivencia sin las cuales hasta el mismo Fabrice Delloye -ex esposo de Íngrid- opinaba que no podía proseguir la mediación. A pesar de que a los campamentos de la guerrilla llega cualquiera -desde periodistas hasta la misma senadora Córdoba o la madre de la guerrillera holandesa-, es inverosímil que no haya sido posible sacar las pruebas por supuestos bombardeos y presión militar. Más con lo fácil que es subir videos, fotografías y documentos escaneados a Internet o enviarlos por correo electrónico. Y deja muy mal sabor el intento último de la senadora por tratar de hacer ver el video trasnochado del capitán Solórzano como una muestra de buena voluntad de los guerrilleros.
Dada la afinidad política entre Chávez y los facinerosos y la admiración mutua que ambos se han expresado en incontables ocasiones, se presumía que era imposible el escenario de una negociación empantanada porque a casi nadie le cabía en la cabeza que las Farc dejaran a Chávez como novia vestida. Sin embargo, a estas horas no se sabe a ciencia cierta si el Presidente de Venezuela fue víctima de las Farc o si, simplemente, estaba en la tarea de oxigenarlas. De todas maneras, persiste la sensación de que los subversivos desecharon la oportunidad de interlocución con cinco gobiernos del más alto turmequé, como si no tuvieran el más mínimo interés de revivir políticamente.
En el fondo, lo más triste de todo es que ahora sí los secuestrados parecen una simple mercancía y no hay certeza alguna de su estado. La necesidad de aferrarnos a una esperanza nos ha llevado a los colombianos a inducir al Gobierno a caer en la trampa de hacer lo que sea para devolverles la libertad a los secuestrados políticos de las Farc, cosa que solo depende de la voluntad de los guerrilleros o de un golpe de gracia de las fuerzas del Estado.
Si a las Farc les interesara la libertad de estas personas, bastarían una delegación de la Cruz Roja y un par de días de 'tregua' para devolverles sus vidas, pero en los estertores de una agonía ya inevitable de esa guerrilla, la carta de los secuestrados parece ser su única alternativa y, como tal, se la van a jugar. Quiera Dios que los colombianos no caigamos en la trampa de hacer acuartelar las tropas para revivir la esperanza y menos que estas terminen ocupadas en asuntos fronterizos por obra de un vecino bocón.

martes 20 de noviembre de 2007

¿Por qué no se callan?

LA COLUMNA DE OPINET
La oposición colombiana debería aprender la lección que dio el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al salir en defensa de su archienemigo, el ex presidente José María Aznar, ante la arremetida vocinglera del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y de su jefe y mentor, el presidente venezolano, Hugo Chávez.
Fue una lección de altos estudios en ciencias políticas. Quien acepta las reglas de la democracia está obligado a reconocer la decisión soberana del pueblo, a respetarla y a defenderla aun cuando disienta de manera profunda de las ideas que representa aquel otro que haya sido designado en el poder.
Aznar fue elegido legítima y constitucionalmente por el pueblo español y nadie que se llame demócrata puede permitir que cualquier Perico de los Palotes venga a poner en duda las instituciones de un país sin exigir, por lo menos, un mínimo de sindéresis. Porque Chávez, con sus señalamientos a Aznar, puso en duda a toda la democracia española: un presidente no confabula solo y sus decisiones tienen que estar atadas al ordenamiento legal. Por tanto, ni Zapatero ni el Rey podrían haber hecho menos que reaccionar con ese aplomo ante la desatinada intervención de un charlatán paranoico como Chávez.
Sin embargo, en nuestro medio muchos se sorprendieron por la supuesta hidalguía que enseñó Rodríguez Zapatero al salir en defensa de su antagonista pues no entendieron que él no defendió a Aznar sino a España, a su democracia, a su institución presidencial y, en esencia, a su pueblo.
Eso es lo que no han entendido aquí los opositores, vaya uno a saber si por ignorancia o, simplemente, porque lo suyo no es la democracia. Los que suelen viajar por Latinoamérica, Europa y ahora por los Estados Unidos —cuya bandera solían quemar a menudo—, con el fin de despotricar del gobierno colombiano, acusándolo de auxiliador del paramilitarismo, de violador de los derechos humanos, de ser un régimen mafioso, etc., y de desprestigiar y ofender al Presidente de la República, cometen el mismo deshonroso disparate de Chávez y le faltan el respeto a la nación colombiana, a nuestra democracia y a todos los colombianos (incluidos ellos mismos). Y, en el fondo, manifiestan un desprecio tal por las instituciones que podrían ser considerados como verdaderos infiltrados de la anacrónica subversión.
Personajes como Gustavo Petro, Carlos Gaviria, Wilson Borja, Piedad Córdoba, Jorge Enrique Robledo y otros, son una vergüenza para Colombia y si en realidad se creen demócratas deberían tomar nota del proceder de Zapatero y actuar en consecuencia. Claro que eso no es más que un deseo inalcanzable porque lo que han venido haciendo en estos últimos años es precisamente todo lo contrario, de manera hipócrita.
La oposición quiere desconocer el mandato legítimo que el pueblo colombiano le dio a Alvaro Uribe Vélez y ha venido desarrollando sistemáticamente una campaña de desprestigio para debilitar el poder del Presidente, aun lesionando los intereses de los colombianos. De cierta forma es comprensible el pulso ideológico de la izquierda —y sus pares internacionales— contra un gobierno que combate —con el apoyo de los colombianos— a esos ‘románticos’ que “matan para que la gente viva mejor” (como arguye Carlos Gaviria), pero la campaña que han hecho en Estados Unidos para evitar la firma del TLC es de lo más ruin y se volverá en contra de toda la izquierda porque ésta sólo tendrá oportunidad de llegar al poder en un escenario libre de subversión y con una economía dinámica, insertada en el mercado global.
A esos chafarotes (como Chávez) que vociferan aquí y allá, y celebran los triunfos insultando al Presidente, hay que preguntarles, emulando a don Juan Carlos: ¡¿Por qué no se callan?!

El suministro de carne


Ya vimos con cuántas dificultades tropezó el suministro de carne vacuna a esta capital durante el período colonial. Era, como también lo sabemos, una actividad controlada por el sistema de arriendo de la obligación de abasto a una persona.
Al encargado de esta función se le llamó sucesivamente “obligado de carnicerías” y luego simplemente “abastecedor”. Su misión esencial era proveer a la capital de carne ovina y vacuna, y de sebo para la fabricación de velas. Su período era de 10 meses, durante los cuales debía comprar a los diversos proveedores suficiente ganado para satisfacer las necesidades de la ciudad.
Era
una actividad muy compleja y que además exigía un gran capital para poder desarrollarla. El “obligado” tenía que conseguir el ganado, cebarlo (por lo general en “El Novillero”, que se llamaba por antonomasia la dehesa de Bogotá), administrar y vigilar la operación de las carnicerías y supervisar la venta de la carne y el sebo.
Uno de los costos más elevados que debía afrontar era el del arriendo de “El Novillero”. Si se tiene presente que el consumo de Santafé era de unas 4.000 reses al año, el arriendo oscilaba entre los 5.000 y los 8.000 patacones anuales. El abastecedor traía el ganado, lo engordaba en “El Novillero” y, una vez cumplida esta fase, lo conducía a Santafé para el degüello.
Hacia fines del siglo XVIII se sacrificaban entre 65 y 100 semovientes por semana.
Al agrupar las cifras detalladas de 25 semanas para 1751, podemos tener una idea de los componentes del negocio del sacrificio del ganado. Por cada novillo el abastecedor obtenía un total de 9.8 pesos como producido bruto de su venta. (Esta cifra, desde luego, no incluye costos). En 25 semanas, es decir, durante medio año, la carnicería arrojaba un movimiento de 24.189 pesos, lo cual es una cifra bastante apreciable. Fácilmente podría ser uno de los negocios con mayor movimiento en la órbita económica de Santafé.
Además de la carne, el sacrificio de ganado producía algunos subproductos no menos importantes. El principal de ellos era el sebo, altamente valorado por ser la materia prima del alumbrado doméstico en Santafé. Otros subproductos de menor importancia, según el “corte” acostumbrado en la Colonia, eran la lengua, el “menudo” o “mondongos”, el cuero y, en menor medida, las vejigas.
El cuero era un insumo muy importante en la fabricación de diferentes utensilios domésticos: botijas (para almacenar líquidos), muebles, arcones y cajas, asientos, sillas de montar etc. Por cada novillo se obtenía en carne, limpia de sebo, un 6.7% del producto monetario que obtenía el abastecedor por la venta del ganado. Después seguía en importancia el sebo, que constituía un 31.8% del total. El cuero tan sólo representaba un 3.8% del valor total. El cargo necesitaba una gran solidez económica y casi que suponía un gran lucimiento social. Los miembros más respetables de la sociedad criolla santafereña lo tomaron durante el siglo XVII.
Por ejemplo, Alonso de Caicedo, dueño de “El Novillero” y encomendero de Bogotá
, fue abastecedor en 1694; José Ricaurte, tesorero de la Real Casa de Moneda y Alcalde Ordinario de Santafé, lo fue durante las décadas del 20 y el 30 del siglo XVIII.
Los datos sobre sacrificio de ganado en Santafé no muestran una tendencia explícita. La información obtenida, puede acusar defectos; sin embargo, muestran una oferta de carne estancada, pues ni siquiera crece acorde con la población. Muestra, además de las evidencias encontradas en los documentos, un sub abastecimiento en materia de carne para la Santafé del siglo XVIII.
Con dificultades para obtener carne, el cargo de abastecedor se fue haciendo menos codiciado hasta que llegó el momento en que empezó a sufrir largas vacancias porque nadie quería rematarlo.
El inflexible control de precios y los crecientes riesgos contribuyeron en primer término a que se produjera esta situación. Como consecuencia de ella, el Cabildo se vio precisado a ofrecer estímulos adicionales, como un atractivo apoyo financiero con dineros de
la “Caja de Bienes de Difuntos”. Inclusive en 1721 el Cabildo solicitó a la Compañía de Jesús que se hiciera cargo del abastecimiento, pero los sagaces jesuitas declinaron el “honor” que se les brindaba arguyendo que su condición de siervos de Dios era incompatible con el ejercicio de un menester lucrativo. Durante casi todo el siglo XVII fue la zona del Alto Magdalena el gran abastecedor de carne de Santafé. Neiva, Timaná y La Plata eran regiones de buenos pastos y favorables condiciones ecológicas donde se daba ganado vacuno en abundancia. Estos semovientes no recibían casi ningún cuidado por lo que los costos de producción eran especialmente bajos. El principal problema radicaba en las dificultades de movilización. El viaje de las manadas de Neiva a Santafé tomaba un promedio de veinte días.
Las relaciones entre las dos regiones fueron complementarias hasta finales del siglo XVII, época en la cual otras zonas (diferentes a Santafé) demandaron con igual urgencia la producción de Neiva. La región de Quito, que hasta entonces había estado satisfactoriamente abastecida por el ganado procedente del Cauca, aumentó su demanda, debido a lo cual los Quiteños empezaron a ofrecer mejores precios por el ganado del Alto Magdalena.
Lógicamente, los ganaderos de Neiva y zonas aledañas preferían enviar sus reses a Quito, lo que generó de inmediato una situación conflictiva, pues el ganado de mejor calidad tomó el rumbo del Sur mientras el menos apetecible fue enviado a Santafé. Empezaron entonces el forcejeo y las presiones políticas de la capital para obligar a Neiva a remitirle la totalidad de su producción. Finalmente se llegó a un acuerdo consistente en que Neiva y las regiones adyacentes se comprometían a enviar anualmente una cuota mínima de 4.500 novillos a Santafé.

Los ganaderos de Neiva y Timaná suscribieron el convenio pero no bajaron la guardia y de inmediato procedieron a llevar la querella ante el Rey. Esta pugna fue prolongada y tenaz. La balanza se inclinó alternativamente hacia uno y otro lado, hubo infinidad de pleitos; la Corona favoreció en principio a Neiva, pero al fin la contraofensiva jurídica de los santafereños logró que en 1712 la Corona volviera a otorgar la prioridad en el abasto a Santafé.
Por último se impuso el sistema de transar con base en cuotas, lo cual reemplazó con ventaja los viejos litigios. En 1733 Neiva se comprometió a entregar 1.500 novillos semestrales a la dehesa de Bogotá quedando en libertad para negociar sin cortapisas sus excedentes con las otras regiones que los demandaran.
En cierta forma puede decirse que Neiva obtuvo ventajas importantes en la negociación. Consiguió disminuir su cuota de los 4.500 novillos anuales que se pactaron en principio a sólo 3.000, con lo cual incrementó su capacidad para surtir otros mercados. Además obtuvo un aumento del 17% en el ganado puesto en la dehesa. Empero, Santafé siguió pagando precios inferiores a los que ofrecía Quito.
En otras palabras, aunque hizo concesiones, terminó imponiendo sus prerrogativas de capital. Durante la segunda mitad del siglo XVIII irrumpió vigorosamente la Compañía de Jesús como proveedor de carne de Santafé. Su organización suprarregional y sus numerosas propiedades rurales le permitieron tender un auténtico puente entre Neiva y Santafé para llevar a cabo todo el proceso, sin perder dinero. El levante del ganado se realizaba en Neiva; la fase final (ceba) tenía lugar ya en la Sabana. Pero las intermedias se iban cumpliendo a lo largo de la cadena de haciendas que los jesuitas poseían entre los dos extremos de la vía. La hacienda “Villavieja” (actual Departamento del Huila) y la hacienda “Doima”, en la jurisdicción de Ibagué, eran las sedes de levante de ganado flaco. De allí pasaban las reses a la hacienda “El Espinal”, en cuyos potreros descansaban y se recuperaban los animales evitando así grandes pérdidas de peso. El eslabón final de la cadena era la hacienda “La Chamicera”, al Occidente de la Sabana, donde el ganado descansaba y engordaba.
Este sistema normalizó y regularizó el mercado de carnes. Pero en 1780, ya expulsados los jesuitas, Santafé experimentó una aguda escasez de carne. La situación se hizo hasta tal grado crítica que las autoridades virreinales tuvieron finalmente que ceder en su vieja y obstinada política de monopolios, estancos y controles para dar paso a una progresiva liberalización en el comercio y el abasto de carne y derivados.
Hacia finales del período colonial, el sistema había hecho crisis. Con los vecinos presionando una libertad absoluta para la venta de carne y la excepción de pago de alcabalas y propios y ante la inminencia de los continuos períodos de escasez, las autoridades no tendrían muchas alternativas. Poco a poco fue languideciendo el sistema de abasto forzoso y del monopolio de carne.

miércoles 31 de octubre de 2007

El abasto de Santafé


Tan importante fue para la administración colonial el correcto abastecimiento de los centros urbanos que dicha función estuvo sometida en casi todas sus líneas al régimen del monopolio.
Era un punto de preocupación tanto económico como político. En los regímenes precapitalistas la escasez de alimentos ha sido la principal fuente de levantamientos populares.
La posición geográfica de Santafé resultó privilegiada en materia de abastos alimenticios, dadas la feracidad del suelo sabanero y, por otro lado, su cercanía a otros pisos térmicos. Todo esto le permitió contar con una excepcional variedad de frutos durante todo el año. Además, Santafé haría valer su calidad de centro metropolitano para abastecerse forzada y ventajosamente en detrimento de regiones vecinas.
Los productores de Tunja y el Alto Magdalena tenían la obligación de suministrar a Santafé determinadas cuotas de trigo y carne a precios acordados con las autoridades capitalinas.
Los dos productos críticos del abasto eran los ingredientes básicos de la dieta española, el trigo y la carne. Sobre estos dos artículos se ejerció un control de precios estricto y permanente durante todo el período colonial y se aplicaron medidas fuertes y exageradas como el control de precios.
A lo largo de toda su historia, Santafé, amparada en su supremacía política, forzó una estabilidad de los precios a largo plazo, hasta el punto de conservarlos prácticamente invariables durante dos siglos y medio.
La explicación de este fenómeno tan particular reside en el esfuerzo de los altos funcionarios coloniales por defender su nivel de vida. La burocracia tenía salarios bajos y estables. En la defensa de este precario ingreso se encuentra la clave para el rígido control de precios de la carne que, como vimos anteriormente, tuvo resonantes consecuencias, la principal de ellas inhibir el desarrollo de una actividad ganadera en la Sabana y, colateralmente, prohijar el desabastecimiento de Santafé.
Metidos en tan rígida cintura, los hacendados de la Sabana se dieron a la tarea de exportar ilegalmente sus productos a regiones tan lejanas como Antioquia, Mompox y Cartagena y a otros lugares más próximos como Honda y Mariquita. Todas estas zonas donde había buena demanda de productos sabaneros. Lógicamente, las autoridades de la capital respondieron con medidas más drásticas aún.
Igualmente, se ejercía un control muy severo sobre la elaboración y mercadeo del pan, artículo que daba lugar a uno de los más intensos movimientos comerciales de Santafé. Sólo la producción y venta de chicha rivalizaban con el pan. Hacia 1602 estaban registradas en la ciudad 49 panaderías o “amasaderos”, como las llamaban entonces.
A fines del siglo XVIII los panaderos, ante la inflexibilidad de los controles, optaron por bajarle el peso al pan. El Cabildo contraatacó dictando una ordenanza en virtud de la cual los panaderos quedaban obligados a expender su producto marcándolo con un sello que identificara el respectivo amasadero para efectos del control y posibles sanciones. Pero finalmente el Cabildo se vio obligado a ser un poco más flexible aceptando que el peso del pan variara según el valor de la harina. En esa forma se establecieron entonces tres categorías de pan, de primera, de segunda y de tercera, y se fijaron públicamente los precios correspondientes a cada categoría.
Otro producto tan importante como el pan era el sebo animal con el que se fabricaban las rudimentarias velas que, al quemarse, despedían un olor muy poco grato pero que eran indispensables por ser el único medio de alumbrado doméstico con que contaba la capital.
En
su condición de artículo de primera necesidad, las velas de sebo, en la fase de mercadeo y venta, estaban sujetas al régimen de estanco como parte del privilegio que tenía el “abastecedor”.
En 1712 se destaca la fábrica de Lázaro Hernández que, según un cuaderno de abastos, procesó en ese año 770 arrobas de sebo entregado por el abastecedor, Con la escasez de ganado, las velas corrían una suerte semejante. Sin embargo, estas crisis tenían alivio parcial en los jiferos clandestinos que sacrificaban reses a espaldas de la ley y vendían cuero y sebo de contrabando.
La leña era también un producto de primera necesidad en Santafé, ante todo para la cocción y horneo de los alimentos. Parte del tributo que cobraban los encomenderos se pagaba en leña. En el siglo XVII se fijó un servicio obligando a las comunidades indígenas a aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, servicio que recibió el nombre de “mita de leña”. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos “leñateros” independientes cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.
Además de la vacuna, la carne ovina era muy apetecida en la ciudad. Los carneros llegaron a representar la mitad de los animales sacrificados en las carnicerías santafereñas. En contraste con los frecuentes problemas que encontró el abastecimiento de ganado vacuno, la Sabana en todo momento pudo proveer en forma generosa a la capital de carne ovina, así como de sebo de la misma procedencia para la elaboración de velas. De un carnero se sacaban entre 14 y 17 palancas de velas, las cuales valían entre 319 y 380 pesos.
La carne de cerdo ocupaba el tercer lugar, aunque también su consumo era considerable. La carne de carnero y la de cerdo debieron ser productos sustitutos de la carne vacuna. Aunque no se tienen datos seriados sobre el consumo de cerdo, a juzgar por la cifra encontrada, el consumo debió ser apreciable.
Para 1772 se registra para Santafé un total de 4.016 porcinos. El sacrificio de cerdos dejaba un importante producto secundario, el tocino. La manteca de cerdo reemplazaría dentro de la dieta española el aceite de oliva como medio para freír. Además, el gusto español por la grasa de cerdo, el cual pasó a América, tiene razones culturales y religiosas. En la Península sirvió como elemento básico para identificar a los cristianos viejos y genuinos, ya que el consumo de grasa porcina está desde tiempos bíblicos duramente proscrito por la ley mosaica. Los judíos eran en aquellos tiempos especialmente celosos en la observancia de esta norma, debido a lo cual el repudio al tocino sirvió infinidad de veces para descubrir a no pocos falsos conversos. Los cristianos de antiguas raíces, en contraste, no sólo comían tocino sin medida, sino que gustaban de hacer pública ostentanción de su grasosa dieta a manera de signo distintivo de su inequívoca condición de cristianos viejos.
Desde tiempos prehispánicos, los muiscas derivaron parte de su alimento de la no muy variada pero sí rica fauna ictiológica de los ríos sabaneros. Los indios conservaron a través de generaciones una notable destreza en la pesca fluvial, tanto con red como con anzuelo. A partir de la Conquista, el consumo de estos peces se incrementó de manera muy considerable, no sólo por su exquisita calidad, sino por las prolongadas vedas de carne que imponían los tiempos de cuaresma.
Para nostalgia de quienes deploramos la transformación de nuestro río Bogotá en una cloaca inerte, maloliente y sin vida, resulta oportuna la lectura del siguiente pasaje del cronista Villamor en 1722:
“Este caudaloso río provee para el regalo abundantes peces dedos especies: unos pequeños de figura de sardina llamados `guapuchas’, y otros mayores de color amarillo, negro y azul, sin escamas llamados ‘capitán’, en los que ha hallado la curiosidad misterio, porque divididas las espinas de la cabeza, en cada una se representa una imagen de los instrumentos de la pasión de Nuestro Redentor”.
El capitán se convirtió en una de las más finas delicadezas en los refectorios de la gente acomodada. Existen referencias informando que era secado y ahumado con el fin de conservarlo y/o comerciarlo. El capitán se siguió encontrando en los ríos de la Sabana hasta finales de período colonial. No obstante, en la última época estaba ya a punto de su total extinción.

miércoles 24 de octubre de 2007

La otra muerte de Orlando Sierra

LA COLUMNA DE OPINET
A Orlando Sierra lo mataron otra vez. La primera ocasión fue el 30 de enero de 2002, en Manizales, frente a las instalaciones del diario La Patria, del cual era subdirector.
Era un periodista comprometido y un columnista audaz. De su pluma brotaban verdades incómodas contra la dirigencia política del departamento de Caldas, de las que no se escapaba ninguno de los caciques que controlan esa próspera región: Omar Yepes Alzate y su hermano, Arturo; Víctor Renán Barco y su aliado, Ferney Tapasco; quien es señalado como autor intelectual del crimen de Sierra.
Todos sabían que lo iban a matar. Lo que nadie sabía era cuándo ni quién iba a decidirse primero pues, a pesar de que hoy la autoría intelectual es un secreto a voces, los disparos podrían haber venido de muchos flancos.
Sierra se había convertido en el enemigo más visible de los corruptos de su región, en el marco de un país que viene librando con éxito una lucha contra la subversión, que está derrotando al paramilitarismo, que golpea sin piedad a las bandas del narcotráfico, pero donde la corrupción política todos los días se reinventa, sobrevive y se multiplica.
En la tarde de ese miércoles, Orlando llegaba a su oficina en compañía de su hija. El sicario llevaba dos horas esperándolo como quedó registrado en un video de seguridad. Después diría que se equivocó de víctima y el juez le creyó. En el video se ve claramente cuando se acerca a Sierra y le propina dos disparos. Luego aprovecha la confusión de la gente y huye sin afanes, pero sin suerte. La Policía lo detuvo cerca de ahí.
El martes 2 de octubre de 2007, el sicario Luis Fernando Soto Zapata, autor material del homicidio, recobró la libertad después de sólo cinco años de cárcel.
El sicario había sido condenado inicialmente a 29 años de prisión (350 meses), pero le rebajaron la pena a 19 años y medio (234 meses) por ‘confesión’, un beneficio inconcebible si se tiene en cuenta que el video permitió su identificación plena. Como si fuera poco, el criminal se acogió al beneficio de ‘sentencia anticipada’, por lo que recibió más descuentos de pena: le disminuyeron la tercera parte de la condena inicial, o sea nueve años y nueve meses (117 meses). Sin embargo, en marzo de 2005, un juez de Manizales revocó el descuento de la tercera parte y aumentó la rebaja a la mitad de la pena, de acuerdo con el principio de ‘favorabilidad’, en aplicación del nuevo Sistema Penal Acusatorio. La condena quedó en 14 años y siete meses (175 meses).
Pero hay más: según el antiguo Código Penal, el criminal tiene derecho a libertad condicional al cumplir las tres quintas partes de la pena, 105 meses en este caso, pero para Soto sólo fueron 67 pues por concepto de ‘Justicia y Paz’ (la ley tramitada para desmontar el paramilitarismo, que contempla rebajas para todos los presos del país en aras del derecho a la ‘igualdad’ promulgado por la Constitución), un juez de Tunja le otorgó 17 meses y 15 días de redención; y por concepto de ‘estudio y trabajo’, le regalaron otros 21 meses, sin estudiar ni trabajar.
En total, el asesino del periodista Orlando Sierra, estuvo en la cárcel desde el 30 de enero de 2002 hasta el 30 de septiembre de 2007, y si Su Santidad el Papa nos hubiera visitado, hubiéramos quedado debiéndole un par de años a este criminal.
Esas son las matemáticas de la justicia colombiana. El asesino de Andrés Escobar estuvo once años en prisión aunque había sido condenado a 43; el dirigente político Alberto Santofimio Botero, condenado a 24 años por el magnicidio de Luis Carlos Galán, no estará en la cárcel más de diez, y Luis Alfredo Garavito, el monstruo que violó y asesinó a por lo menos 150 niños, saldrá libre en dos o tres años, cuando cumpla unos doce de condena, o sea menos de un mes por cada crimen.
Esos mismos bandidos que Orlando Sierra denunciaba en sus columnas, se reúnen cada tanto en el Congreso, a legislar estas infamias. Parece que la legislación penal estuviera inspirada para beneficio propio, para obtener la libertad pronto en caso de que la Justicia algún día los castigue.
La vida en Colombia no vale nada. Si no hubiera ningún detenido por el crimen de Orlando Sierra, vaya y venga, no quedaría más remedio que aceptar tamaña impunidad con resignación, pero a lo que estamos asistiendo es a una vergonzosa piñata judicial por la cual los criminales ganan la calle en un parpadeo. El ciudadano de bien queda tranquilo al escuchar la sentencia y después se encuentra al delincuente en la calle, gracias a la feria de los descuentos y las gangas de una legislación pervertida. Así, la impunidad es general, los delincuentes vuelven a sus andanzas y el ciudadano desprotegido debe hacer justicia, o por lo menos defenderse, por cuenta propia.

sábado 20 de octubre de 2007

La economía en la ciudad


Durante mucho tiempo la principal entrada de productos básicos a la ciudad se hizo por el mercado a campo abierto en la Plaza Mayor. El mercado de plaza fue el lugar de abasto más importante y los días de mercado aumentaron, se adaptaron a la demanda, localizaron y especializaron el sistema.
Los mismos cosecheros venían con sus productos a ponerlos directamente en venta. La presencia y la importancia de los intermediarios no están definidas, pero éstos aumentaron su número y su peso dentro del comercio de acuerdo con el volumen poblacional. Podemos decir que, dada la escasa magnitud a que llegó la demanda de Santafé, el sistema de plaza de mercado, incluso en su versión más desarrollada, no tuvo reemplazo en todo el período colonial.
Inicialmente, el mercado principal estuvo localizado en la llamada Plaza de las Yerbas, hoy Parque de Santander. A partir de 1550 se realizó en la Plaza Mayor, sin que desapareciera el anterior.
El día de mercado en Santafé podría reconstruirse vivamente observando con detenimiento los mercados de los pueblos. Eran días de gran agitación y movimiento en los que llegaba a triplicarse la población de la ciudad.
El
primer acto era la misa, y luego empezaba el vértigo de las transacciones, compraventas y negocios de toda índole. Lógicamente, el día de mercado era el mejor para las chicherías, cuyas ventas se multiplicaban hasta lo inverosímil.
Al caer la tarde eran frecuentes las riñas y a menudo los visitantes organizaban carreras de caballos con apuestas en las principales calles. Cantidades ingentes de caballos y mulas hacían intransitables las calles con sus desechos.
Un documento se queja de los peligros que se podían correr con tal cantidad de bestias en la calle. Golpeaban en la cara con su cola a los transeúntes, quienes corrían con “los riesgos de una coz o atropellamientos con otros impolíticos incómodos (detritus orgánico)”.
Había restos de viandas y basuras por doquier. Los vendedores ambulantes llenaban las calles con sus voces anunciando pan, esteras, velas o carbón. La animación era también aprovechada por mendigos que, vestidos de nazarenos, incomodaban con sus peticiones. Los maromeros y saltimbanquis aglomeraban a la gente en las esquinas. Los innumerables clientes de las chicherías protagonizaban pendencias callejeras y cometían toda suerte de atentados mayores y menores contra la seguridad y la salubridad de la ciudadanía.
En las primeras horas del alba arribaban los cosecheros, ya que les estaba prohibido llegar de noche con el fin de impedir que fueran interceptados por los regatones (llamados “atravesadores”) que solían salirles al encuentro en horas nocturnas y en las afueras de la ciudad para comprarles sus productos a precios bajos para luego revenderlos en la ciudad.
Los
cosecheros iban directamente a la plaza y allí se instalaban formando “cuadros”, es decir, dejando abiertos callejones para que por ellos circularan los compradores. En las primeras reglamentaciones que se establecieron se contempló el problema que para la ciudad representaban las bestias sueltas en calles y plazas y se trató de fijar espacios destinados a guardarlas allí.
Fuera de la plaza de mercado existían tres tipos de expendios al por menor que servían de red básica de distribución en la ciudad: las pulperías, que vendían víveres; las tiendas de mercaderías, que expendían géneros diversos, y, finalmente, las chicherías, que distribuían el funesto licor y que eran los lugares a donde las gentes acudían para divertirse.
Las pulperías, como expendedoras de víveres, fueron un complemento de las plazas de mercado en cuanto sirvieron como pequeñas bodegas para los cosecheros. La situación estratégica en que se encontraban los pulperos les permitió en cierta forma manejar el mercado de víveres y ejercieron una función muy importante en el abastecimiento diario de las vituallas domiciliarias. Casi toda compra al por menor se hacía al fiado. Las autoridades reglamentaban en algunos casos la venta al fiado pues su frecuencia daba lugar a una gran cantidad de demandas por suma de pesos. Estas formas rudimentarias de crédito se manejaban en cuadernos, de los cuales subsisten algunos ejemplos curiosos que demuestran que estos pequeños créditos se otorgaban esencialmente con base en el buen nombre y honorabilidad de los clientes. Veamos uno de 1626:
“Misia doña Ignacia de Paya debe 11 reales por cuenta de 4 varas de bayeta amarilla que llevó a su ahijada. Más el dicho día dos varas y media de toca amarilla que llevó el propio. Una media onza de seda que llevó Jacinta, una morena (..). El señor doctor Obando debe en 22 de Septiembre 2 varas y 112 de tafetán negro a peso y medio. Más el dicho día dos varas y 114 de tafetán azul más diez varas de ... más un par de medias de lana… En otros productos del abasto de primera necesidad la distribución se convirtió en una actividad monopolizada. Tal era el caso de la carne y las velas, que se manejaban por el sistema conocido como “estanco”. La carne se vendía en una de las tres carnicerías, donde era despedazada. La venta al por menor se hacía directamente en el matadero y era un privilegio del obligado de la carnicería.
Otro
producto casi tan importante eran las velas, cuya distribución resultaba similar pero pasaba por otro proceso antes de ir al consumo final. El sebo obtenido en la carnicería era vendido en bruto a fábricas o corporaciones que se encargaban de elaborar las velas con esta materia prima. En las cuentas al por mayor figuran conventos y monasterios, los cuales tenían organizado un proceso propio de fabricación de velas. Este sebo en bruto se vendía en palancas o en arrobas. En las cuentas de carnicería de 1712 figuran 33 fábricas de velas. El producto terminado era otra vez entregado al abastecedor quien tenía el privilegio de venderlo en un estanco de velas, el cual ocupaba un lugar principal en la Plaza Mayor. Se sabe de tal establecimiento porque existe un documento de 1744 que autoriza la provisión de velas como parte de sus privilegios a los funcionarios de la Real Audiencia.
En otro pleito (1746) se disputa el arrendamiento del local entre Francisco Quevedo, abastecedor, quien administraba la tienda, y Francisco de Tordesillas, dueño del local. Las velas terminadas se vendían o se contabilizaban en unidades llamadas palancas. Pensamos que puede indicar una vara larga con velas colgando de su propio pabilo, como todavía sigue en uso en ciertas regiones.
Durante el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, el mecanismo de distribución de productos dentro de la ciudad se fue volviendo más complejo y difícil de manejar. Como en otros aspectos, el crecimiento urbano en la Colonia tardía tomaría desprevenidos a los administradores de la ciudad. Las autoridades se quejaban permanentemente de especulación. Es posible que las grandes variaciones del mercado, en el cual la escasez extrema por problemas climáticos y abundancia añadido al rígido control de precios, hayan creado el ambiente para un intento de manipulación de los precios.
De la lectura de documentos al respecto, pueden reconstruirse los hilos principales del mercado interno de la ciudad para el último tercio del siglo XVIII. Existían cuatro líneas de abastecimiento para el consumidor corriente en Santafé:

1) Al por menor. Plaza Mayor y de San Francisco. Día principal de mercado: los viernes y los jueves. La relación entre productor y consumidor era directa.
2) Los pulperos y tenderos quienes, según su capacidad, compraban directamente a los productores, obraban como intermediarios organizados y vendían al por menor. Su volumen de compra no era alto y abastecían a los parroquianos en días en que no había mercado.
3) Un conjunto de revendedores en pequeña escala, que ocupaban puestos en la plaza y que tenían su propia clientela.
4) Los grandes revendedores y principales agentes del mercado al por mayor. Eran los “revendedores pudientes” y los “monopolistas de superior clase”. tal como se les menciona en los documentos. Se los señalaba como los “más dañosos y perjudiciales al público” y los que causaban mayores quebrantos al común y particulares. Se concentraban en los géneros que hoy se llamarían no perecederos, es decir, susceptibles de almacenar por cierto tiempo sin dañarse. Según mención explícita, se trataba del cacao, los azúcares, el arroz y las harinas.
Según el documento, los grandes revendedores habían desarrollado una red particular: “se depositaban en 10 ó 12 individuos” que acechaban la llegada de los productores y tenían capacidad económica para comprar en cantidad a menores precios.
En 1787 el síndico procurador denunciaba en un memorial la alarmante proliferación de revendedores y la consecuente carestía de los artículos esenciales y exponía consideraciones y propuestas para mejorar el poder de negociación frente a los intermediarios.
Para esta época es evidente la proliferación de revendedores y sus mecanismos que, frente a los ojos de la administración, constituían la causa principal del alza de precios. Las diferentes menciones permiten suponer que los revendedores salían a encontrar a los productores para comprar por adelantado y de esta manera manipular los precios e influir sobre el volumen de abastecimiento ofrecido en la plaza de mercado. De esta manera podían dirigir los víveres comprados a otros lugares y crear escasez temporal en la ciudad. Los responsables de tal acción eran llamados “atravesadores”.
Previniendo este hecho que debió ser corriente, las autoridades prohibían que los productores entraran de noche a la ciudad y que se comprara en las afueras de la misma. Para tal efecto se prohibieron el comercio en tres leguas en contorno de Santafé, la compra en los caminos y que los productos fueran llevados a otros pueblos dentro de la distancia indicada.
“Estos (los revendedores) son por lo regular gente vaga que por no tener oficio se mantienen de este modo, y como son tantos ya no esperan a comprar por mayor en esta capital sino que salen a los caminos reales y aun a los pueblos inmediatos”.
Frente a la situación se propusieron estas soluciones:

1) Que no puedan comprar los revendedores a los legítimos dueños antes de las tres de la tarde del viernes en que ya se considera abastecido al público... ”. Antes de esta fecha, la hora límite eran las doce del día. La medida tenía por finalidad permitir que en primer lugar se abastecieran directamente los consumidores y no se sacara la porción de víveres comprada por los revendedores. Las amas de casa lo sabían y mantuvieron durante toda la Colonia la sabia costumbre de madrugar a comprar en día de mercado.
2) Que no puedan vender los jueves y viernes (días de mercado).
3) Que se les prohíba expresamente salir a los caminos reales a interceptar los víveres..
4) Que ningún alguacil pueda ser revendedor...
5) Que se les señale el precio en que pueden vender los días permitidos.
6) Que se les obligue a tener la plaza limpia.
7) Que los dueños que traen azúcar no la vendan por mayor a los pulperos hasta pasados tres días”.

El Cabildo no vaciló en aceptar la totalidad de estas recomendaciones y designó de inmediato a un regidor para que, con la colaboración de los alcaldes de barrio, las hiciera cumplir y ejecutar.
Mostrando una gran lógica, el Cabildo comprendió que, dado el tamaño de Santafé, si se quería regular el mercadeo de artículos de primera necesidad no bastaban únicamente las medidas de naturaleza policial. Por consiguiente, empezó a considerar la necesidad de alquilar un espacio para establecer allí un depósito, administrado por las autoridades municipales y que expendiera los víveres al público. Era lo que hoy llamaríamos una central de abastos orientada esencialmente a la regulación del mercado agrícola. Esta idea, desde luego, no era nueva. Tenía antiguos y numerosos antecedentes no sólo en otras ciudades coloniales sino inclusive en la España contemporánea e incluso medieval.
En España se crearon mecanismos tales como la “Casa de la Harina”, un lugar de depósito de granos que mantenía el abasto y regulaba los precios. Desde 1489 existía en Madrid una institución de esta naturaleza creada para proteger los precios del pan e intermediar con justicia la compra de la harina.
Desde
la baja Edad Media existieron en España “alhóndigas” (vocablo de origen árabe), almacenes y depósitos de trigo y otros granos que, además de ejercer una función reguladora sobre los precios, controlaban pesas y medidas. Las alhóndigas o “pósitos” se trasplantaron desde comienzos del período colonial al virreinato de Nueva España (México), donde funcionaron en varias ciudades cumpliendo la misma misión y haciendo además reservas de trigo y maíz para períodos de escasez.
Lamentablemente esta útil y valiosa iniciativa finalmente, no se puso en práctica en Santafé.

viernes 12 de octubre de 2007

La pequeña y mediana propiedad


Diversas circunstancias operaron para que desde comienzos del siglo XVII empezara a ser notoria la presencia de la mediana propiedad no indígena. Entre otras, pueden señalarse las siguientes:

- Inmigración de blancos pobres
- División parcial y por retazos de haciendas
- Mercedes de tierra de mediana extensión
- Reemplazo de la producción agrícola de los indios.

Los hacendados utilizaron pequeños globos de terreno como fuente de financiación y pago de servicios. (Ya se mencionó la costumbre de dar pedazos de tierra a manera de dote). Otros los utilizaron como pago o regalaron parcelas a subordinados o empleados fieles.
A comienzos del siglo XVII (1606), con motivo de una escasez de carne, se mandó hacer una relación de pequeñas estancias con fines de requisición. El resultado fue una especie de censo de pequeñas propiedades en la Sabana. En total se contabilizaron 86 labradores.

LUGAR

NUMERO

Suba
Sopó
Guasca
Guatavita
Chocontá
Simijaca, Fúquene
Nemocón
Cajicá, Tabio, Cota y Chía
Tunjuelo, Bosa y Fontibón

2
6
16
2
2
10
6
10
38

Los niveles inferiores de la tenencia de tierras, tal como son percibidos y clasificados en la época colonial podrían definirse así:

Estancieros: propietarios medios
Labradores y cosecheros: pequeños propietarios.

Este segmento de propietarios empezó a aumentar durante el siglo XVII y a diversificar la tenencia de tierras. Serán los saturadores del espacio físico en la Sabana y los encargados de la expansión de la frontera, durante la época de auge en las transacciones, y posteriormente en el período de estancamiento (1660 1770).
Los blancos pobres y los labradores mestizos empezarían agrupándose alrededor de los pueblos de indios y los resguardos. Las visitas sucesivas mostrarán este fenómeno; también los juicios por conflictos alrededor de la tierra.
El
paulatino desmoronamiento de la organización indígena llevaría a una mayor cantidad de indígenas a destribalizarse, huir a las obligaciones del tributo y empezar a mestizarse. Este mestizaje progresivo, que comenzó a incrementarse a partir de la segunda mitad del siglo XVII, llevó consigo la adopción de un status campesino, es decir, de la pequeña producción agrícola individual.
Otro contingente, integrado por indios desposeídos de tierras y de sus vínculos de parentesco, establecería relaciones de arriendo con las haciendas.
Desde las primeras décadas del siglo XVII, pueden verse casos en los cuales los hacendados otorgan tierras a los indios dentro de sus dominios, con el permiso de sembrar maíz, como una forma de retención laboral. Este ofrecimiento como estrategia de la hacienda contiene el germen de la relación de arriendo.
Para fines del siglo XVIII la proporción indios-mestizos, según las visitas, ya se había invertido. La Sabana empezó a tener una cierta saturación demográfica que posiblemente estaba sustentada en parcelas no muy grandes.
Un documento de 1780 hace notar el exceso de población y sugiere una colonización de las laderas y provincias vecinas.

Esta mayor presencia de la pequeña producción no significó, sin embargo, un cambio sustancial en la tenencia de la tierra o en la estructura de la población. Es
evidente que la relación entre tierra y población era en extremo inequitativa. Entre el 80% y el 90% de la población de la Sabana tenía acceso solamente a una proporción de tierra que podría calcularse entre el 10% y el 20% del total.
Por otra parte, entre el 60% y el 70% de la tierra pertenencia al 2% de los propietarios.
Como bien se puede observar, no es mucho lo que ha cambiado a la fecha la tenencia y distribución de la tierra.

martes 2 de octubre de 2007

Haciendas y producción


En la primera época de las haciendas sabaneras se notó un incremento muy rápido del trigo y de la ganadería mayor y menor.
Durante la primera época una parte del abastecimiento de víveres y productos alimenticios debió recaer en la mano de obra indígena, tanto por su trabajo en las haciendas y en la producción independiente como en sus propias parcelas.
Durante el siglo XVI la responsabilidad del abasto de Santafé estaba en manos de los encomenderos hacendados. La producción agrícola de los indígenas se entregaba en especie agrícola como tributo, el cual era plenamente manejado por los encomenderos hacendados.
La pequeña y mediana producción mestiza o blanca, que reemplazara la producción agrícola indígena, empezó a ser significativa durante el segundo tercio del siglo XVII.
Los indígenas, además del recargo en trabajo, disminuyeron su vocación agrícola por física falta de tiempo para dedicar a sus parcelas. El sistema de aprovisionamiento, basado en una red vertical de comercio, cayó en manos de los españoles, quedando cada comunidad aislada y sin excedentes propios para intercambiar.
La última parte del siglo XVI y comienzos del XVII fue una etapa de florecimiento de la producción de las haciendas, de mayor presencia regional. La Sabana en general tuvo mercados en otras provincias y disfrutó de un pequeño auge minero representado por las vetas de Mariquita.
Las haciendas, ante la provisión de mano de obra prácticamente gratuita, tuvieron una expansión vertiginosa.
El trigo de la Sabana fue exportado en forma de grano, harina e incluso aglutinado (llamado bizcocho) hacia Tunja, los puertos del Magdalena (Honda y Mompox) y embarcado hacia el Caribe (Cartagena).
La actividad principal y de mayor permanecía de la hacienda sabanera descansó en el ganado lanar. Se llegó a constituir un hato significativo de ovejas utilizándolo en obrajes de lana.
El caso más conspicuo, que no debe ser representativo, es el de Beltrán de Caicedo, encomendero de Suesca, que tuvo dos haciendas (también en la misma jurisdicción) con cerca de 20.000 ovejas (primer tercio siglo XVII).
En las haciendas de Suesca (“La Ovejera” y “Suesca”) criaba y levantaba las ovejas. Una vez realizada la lana, la enviaba a otra hacienda, también de su propiedad, situada en Pacho, donde funcionaba un obraje respaldado por trabajo esclavo (80 adultos).

Algunas haciendas durante este período alcanzaron un apreciable nivel de complejidad y manejaron un cierto volumen de recursos. Lograron integrar diferentes tipos de trabajo (concierto, encomienda y esclavismo) y realizaron un intento de integración vertical, es decir, llevaron a cabo diferentes fases de producción en distintas unidades (caso de Beltrán de Caicedo).

sábado 22 de septiembre de 2007

El Novillero


A diferencia de México y Perú, en la Sabana de Bogotá prácticamente no existió el mayorazgo como fenómeno. Hubo sí, algunos casos notables de grandes propiedades que permanecieron durante siglos en manos de la misma familia. El encomendero de Serrezuela, Antonio Vergara y Azcárate, creó en 1640 la hacienda “Casablanca”, la cual permaneció en poder de sus descendientes hasta 1866.
Pero el caso más notable es el del encomendero de Bogotá, Francisco Maldonado de Mendoza, cuya hacienda “El Novillero” permaneció en manos de sus descendientes hasta la tercera década del siglo XIX.
No hay total conformidad entre las versiones que existen sobre el tamaño desmesurado que llegó a alcanzar esta propiedad. Los investigadores más cautelosos le han atribuido 30.000 hectáreas. Otros con menor fundamento han afirmado que alcanzó las 45.000 hectáreas.
De todas maneras, cualquiera que sea la realidad, sus tierras eran todas planas y fértiles. El historiador Colmenares afirma que “El Novillero” llegó a equivaler en su extensión a una tercera parte de la Sabana.
Este
fenómeno se fue haciendo realidad gracias a un continuo y habilidoso proceso de compra de tierras vecinas al núcleo inicial, que estaba compuesto por 17 estancias de ganado mayor que le habían sido otorgadas a Maldonado a manera de mercedes.
Disfrutó además esta hacienda del formidable privilegio de su ubicación. Como estaba situada en el extremo Noroccidental de la Sabana (camino de Tocaima) se la utilizó parcialmente como dehesa para la posa y ceba de los ganados que procedían de Neiva para el abasto de Santafé. La hacienda recibía el ganado que venía de Neiva a un peso y medio la cabeza y después de seis meses de engorde lo vendía en Santafé a seis pesos. “El Novillero” funcionó como dehesa hasta el final de la Colonia y todavía le quedaban tierras para arrendar a diversos propietarios.
Se calcula que la capacidad total de pastaje de “El Novillero” oscilaba entre 5.000 y 10.000 cabezas de ganado mayor y muchos miles de ovejas.
Además, la hacienda producía anualmente 24.000 arrobas de trigo. Se calcula que la renta del encomendero sólo por concepto de pastaje era de cerca de 2.600 pesos al año.

sábado 15 de septiembre de 2007

Las haciendas


Las primeras mercedes de tierra se otorgaron con una largueza desmesurada. Estas primeras propiedades se pueden clasificar en cuatro grupos según tamaño y destinación:

- Estancias de ganado mayor (vacuno)
- Estancias de pan sembrar (agricultura)
- Estancias de ganado menor (ovinos)
- Estancias de pan coger (huertos).

En el siglo XVI una estancia de ganado mayor podía medir fácilmente 6.000 pasos, que en términos contemporáneos serían 2.500 hectáreas. Muy pronto, hacia 1585, las autoridades se percataron de que estas medidas eran ciertamente excesivas y decidieron reducirlas.
A partir de ese momento se estableció que una estancia de ganado mayor no podía pasar de 327 hectáreas.
La estancia de pan sembrar, también para Santafé, tenía 90.3 hectáreas. Se adjudicaban, de igual modo, con fines mixtos. Una estancia de ganado menor y pan coger tenía 141.4 hectáreas. Sin embargo, las primeras mercedes de tierra quedaron intactas y fueron la base de las grandes propiedades de la Sabana. Las haciendas más famosas y extensas datan del tercio de siglo inmediatamente posterior a la fundación de Santafé.
No existe un patrón de ubicación muy definido, pero es posible despejar algo al respecto. No puede tomarse como centro preferencial de ubicación la ciudad de Santafé, como podría ser la pauta normal. En general, la tierra en esta segunda parte de siglo fue un factor subsidiario de la disponibilidad de trabajo. Los encomenderos buscaron que se les asignaran tierras cerca de poblados, reducciones o repartimientos de indios. Los poblados y el número de tributarios se convirtieron en ubicadores de haciendas e indicadores de la valorización de la tierra.
Las mayores posesiones estuvieron, de manera predominante, en el Suroccidente y Suroriente de la Sabana: Facatativá, Serrezuela, Bojacá, Funza, Bosa y, en menor proporción, en la parte alta del Noroccidente, o sea en Suba. La mayor extensión unitaria decrecía en número y tamaño hacia el Nororiente (Chocontá, Fúquene), donde hubo posesiones de tamaño diverso.
Frente a la mayor movilidad comercial de las encomiendas, las grandes haciendas se mantuvieron relativamente indivisas a lo largo del siglo XVI y las primeras décadas del siglo XVII Durante el siglo XVI, en comparación con las encomiendas, esto es, disposición de mano de obra indígena y tributos, la posesión de grandes terrenos no tuvo mucho valor.
Las grandes propiedades permanecerían indivisas por la ausencia de demanda de tierras. Buena parte de las transacciones registradas en el siglo XVI están clasificadas como mercedes.
Los grandes globos de propiedad empiezan a desmembrarse a partir del siglo XVII La insolvencia o las necesidades extraordinarias (dotes, viudez, etc.) motivaron las primeras divisiones de las haciendas más rancias.
En general, la falta de oportunidades productivas en la tierra se tradujo en una baja demanda. Tan sólo hasta entrado el siglo XVII se crearía un mercado de tierras significativo.
En el cuadro estadístico reconstruido a partir del Archivo Carrasquilla puede verse que el mercado de tierras muestra una especial animación a partir del siglo XVII De toda la historia de la tenencia de tierras es el período con mayor cantidad de transacciones y con el más alto promedio anual.
Desde luego, las tendencias en la movilidad territorial están conectadas con tendencias generales que tienen que ver con los ciclos de la economía minera; no obstante, existen determinantes regionales. Una de ellas es la pérdida de rentabilidad de las encomiendas y, al ser los encomenderos los principales tenedores, se configura una situación bastante favorable a la divisibilidad o a la venta de tierras.
En esta época de iliquidez el comprador no podía pagar el total del precio. Como resultado, casi cualquier transacción era mediada por una deuda “a censo”, en virtud de la cual la tierra quedaba hipotecada a un tercero o al comprador mismo.
Antes de 1740 las haciendas transadas incluían como anexo y beneficio de la misma el acceso a trabajo indígena que por usanza o costumbre podía seguir disfrutando.

Después del período de gran movilidad en la tierra, que se extiende entre los años 1600 y 1660, sigue un período de estancamiento en el cual prácticamente se paraliza el mercado. Este lapso se prolonga por más de un siglo (1660 1770) para volver a tomar vuelo en la tardía Colonia.

jueves 6 de septiembre de 2007

¿Qué está cocinando Chávez?

LA COLUMNA DE OPINET
El viernes pasado, Hugo Chávez llegó con ínfulas de pontífice a 'solucionar' los problemas de Colombia. Es tanta nuestra desesperación, nuestro desasosiego, y tan grande el deseo sano y sincero de que los secuestrados retornen a sus hogares, que no reparamos en antecedentes, sino que lo recibimos como si fuera Juan Pablo II. Igualmente, a Piedad Córdoba la ven algunos como sor Teresa de Calcuta, cuando hace apenas unos meses estaba despotricando de la democracia colombiana en México, cuando ha desprestigiado al Gobierno en cuantos escenarios ha podido y cuando, en general, ha sido desleal en el combate político.

De Chávez, de Córdoba y ni siquiera de Sarkozy se puede esperar nada bueno. Esto no lo están haciendo por humanitarismo. Uribe, como buen domador de caballos, sabe que no hay lugar para confiarse demasiado. De hecho, el mundo entero se está preguntando cómo es que le permite al vecino colarse hasta la cocina cuando existen entre ellos diferencias ideológicas abismales.
Y es que no hay que creer en casualidades y en la posición de los astros para discernir cómo se llegó a que sea precisamente Chávez quien intervenga en este enojoso asunto, cuando su relación con las Farc es más que evidente y cuando Uribe ha sido su gran escollo para meter las narices en el único país de la región que le ha sido esquivo y que constituye su gran objetivo -como bien dice Alan García- en pos del delirio 'bolivariano'.
Este hecho inconcebible equivale a la intromisión de un presidente soviético en Estados Unidos en plena guerra fría, o viceversa. Claro que si se llegó a ese extremo es precisamente porque no hubo de otra: los secuestrados son un arma política muy poderosa y las gentes llanas son olvidadizas, emotivas e ingenuas. De ahí que para cualquier gobierno, por popular que fuera, sería un golpe de gracia que Hugo Chávez recibiera a Íngrid Betancourt de manos de los facinerosos para entregársela a la mujer de Sarkozy. Eso es lo que estaba cocinado cuando Patricia Poleo lo destapó. ¿Qué de raro tendría, si los montajes en el gobierno de Chávez son un recurso habitual?
Somos tan inocentes que el mismo Chávez ha admitido que en los últimos días ha recibido varias comunicaciones de la guerrilla y a nadie le ha parecido extraño, a pesar de estar acostumbrados a sus prolongadas dilaciones y a tortuosos silencios. Hasta el más serio analista consiente que las comunicaciones en las Farc son lentas por diversas razones, pero con Chávez hay línea directa o, simplemente, un libreto convenido. Y ambas opciones son una mala señal.
Es fundamental preguntarse qué gana cada quién con esta 'mediación'. Qué gana Colombia. Qué gana Chávez. Qué gana Sarkozy. Qué ganan las Farc. Qué gana Piedad. Y qué pierde el Gobierno, porque no cabe duda de que todo esto ha sido urdido para propinarle un revés que, por supuesto, terminaría siendo una derrota para todo el país.
Lo único que Colombia ganaría sería la justa liberación de unos mártires, a quienes no se les puede condenar a más sufrimiento a costa nuestra, pero esa será la primera cuota de más secuestros políticos para desacreditar la Seguridad Democrática y sacudirse de las fuerzas legítimas del Estado, que ahora sí se les metieron al rancho. Que lo digan 'Carlos Lozada' y el 'Negro Acacio'.
Chávez se instalará en el santoral de la política colombiana como líder natural del mamertismo 'democrático'. Pastrana fue elegido por menos: un reloj barato en la muñeca de 'Marulanda'... Por su parte, Sarkozy afirmará su pragmatismo y su protagonismo internacional. Les venderá armas a Venezuela y a las Farc -igual que se las vendió a Gadafi por liberar a seis enfermeras búlgaras que valen menos politicamente que Íngrid- y tal vez indulte a Vladimir Illich Ramírez, alias el 'Chacal', primo hermano del presidente de PDVSA y héroe nacional del chavismo.
En fin, es demasiado lo que está en juego y a la receta le falta un grado para ser veneno.

miércoles 5 de septiembre de 2007

La ganadería en la Colonia


A pesar de la marcada preferencia de los españoles por la ganadería frente a la agricultura, la producción de carne en la Sabana fue insuficiente durante todo el período colonial para abastecer la demanda de Santafe.
Las condiciones favorables de la Sabana no fueron suficientes para incentivar una ganadería apreciable. Los bajos requerimientos de mano de obra y la existencia de grandes extensiones con pastos, también en abundancia, no alcanzaron a contrarrestar las condiciones adversas del mercado.
Adicionalmente, merece destacarse la tendencia cultural del español hacia la ganadería. A los ojos peninsulares la ganadería tuvo siempre un prestigio mayor que la agricultura, oficio manual propio de plebeyos y moros.

Durante toda su historia Santafé tuvo que apelar a la importación de ganados de la provincia de Neiva y más específicamente de Timaná. No obstante, este problema se agudizó porque muy pronto las provincias empezaron a mostrarse renuentes a venderle carne a Santafé. Otro factor que también afectó seriamente la producción ganadera en la Sabana fue el control de precios, que en muchas ocasiones se mostró tan rígido e inflexible que desalentó la producción.

La inclinación española hacia la ganadería se concentró en la cría de ovejas. No olvidemos que desde mucho antes del descubrimiento de América la cría de ganado lanar fue probablemente la línea más rica y próspera de la economía peninsular. Este fenómeno tuvo una clara razón de ser. Los avances y retrocesos propios de la lucha secular de los cristianos españoles contra los invasores moros constituían un factor desestimulante para las labores agrícolas, debido a que quien las emprendía estaba corriendo el grave riesgo de tener que ceder al enemigo, en virtud de los azares de la guerra, sus cultivos y cosechas.
Por el contrario, el ganado ovino permitía a sus propietarios una extraordinaria movilidad que los ponía a salvo de los ya descritos peligros que acechaban al agricultor. Estos elementos explican la pujanza y la prosperidad que alcanzó la producción de ganado lanar en España, y especialmente en Castilla, donde la Mesta (nombre que se le dio a la agremiación de grandes criadores de ganado ovino) fue sin duda alguna el más poderoso grupo económico de la península.

En la Sabana se extendió notablemente la cría de ovejas, pues además de los bajos requirimientos de mano de obra permitía utilizar un subproducto bastante importante: la lana.
Este
producto fue introduciéndose como materia prima de los tejidos poco a poco, de manera que logró extenderse y crear un cambio radical en la vestimenta indígena y mestiza. Reemplazó el algodón como materia prima, y a la manta por la ruana de lana. Así fue creándose una difundida demanda que permite entender el predominio de las actividades ovinas sobre las vacunas. Además, la utilización de la lana permitía circunvalar el principal obstáculo de la ganadería vacuna, es decir, el control de precios que actuó como depresor de la actividad.

jueves 30 de agosto de 2007

La cueva de Alí Babá

LA COLUMNA DE OPINET
El Congreso de la República, la institución insignia de nuestra democracia, sigue siendo la perdición de la misma y la más clara muestra de que el Gobierno quiere pero el Estado no deja. El Congreso sigue siendo el epicentro de la corrupción política como lo demuestran las últimas denuncias y como se pone de manifiesto ante la permanente falta de interés por modificar las irregularidades que tanto molestan a los colombianos en general. A fin de cuentas, este es uno de esos casos en que los ratones están ‘cuidando’ el queso.
Todavía estaban frescas las denuncias de sobrecostos en la compra de computadores portátiles para los miembros de la Cámara de Representantes en 2006, cuando el representante José Fernando Castro Caycedo denunció el sobrecosto de 1.359 millones de pesos en la compra de camionetas blindadas y más recientemente se conocieron las irregularidades en la adquisición de equipos del canal de televisión del Congreso.
Pero el asunto no para ahí. Al costoso túnel subterráneo que une el Capitolio con el edificio nuevo del Congreso se le atribuyen fallas de diseño que hacen que muchos congresistas no lo usen, y recientemente se construyó un ‘oratorio’ que no tiene justificación alguna. Y, a pesar de tan nefastos antecedentes, en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2010, los congresistas aprobaron la construcción de una nueva sede del Congreso, aunque no se sabe cuándo se vaya a ejecutar o si apenas se quede en el papel.
Pero no todo es cuestión de chanchullos y corrupción. En todo el país causó gran malestar que apenas una docena de parlamentarios se hubieran tomado la ‘molestia’ de escuchar a las víctimas de la violencia que acudieron en días pasados a hacer visibles sus angustias y las injusticias de que han sido objeto. Algunos críticos le metieron tinte ideológico al asunto al afirmar que el recinto sí estuvo colmado cuando asistieron a una plenaria Salvatore Mancuso y otros comandantes paramilitares, pero olvidaron que también hubo lleno hasta las banderas el día que se presentó el cabecilla del ELN Francisco Galán.
La gran verdad de esto es una sola: el ausentismo es vergonzoso y en esa corporación se está haciendo cualquier cosa excepto trabajar. Desde el 20 de julio pasado, cuando se instaló la actual legislatura, se han radicado más de 100 proyectos de ley y no se ha aprobado ninguno. Ninguna de las comisiones de las dos cámaras ha cumplido más de siete debates y los veremos en diciembre aprobando micos y saludos a la bandera sin la menor discusión, a pupitrazo limpio.
Los peores vicios están a la orden del día en el Congreso. Es degradante que entre los mismos ‘Padres de la Patria’ se peleen por las oficinas como se pelean por hacer parte de las comisiones más apetecidas y por los puestos directivos de las mismas. Sobra decir que las presidencias y vicepresidencias de ambas cámaras se negocian como si fueran mercancía. Dentro del edificio del Congreso también hay robos de los comunes —no sólo los de ‘cuello blanco’— y se ha denunciado hasta venta de estupefacientes.
Es una vergüenza el que los congresistas tengan un sueldo superior a los 17 millones mensuales y derecho a 20 millones más para conformar la Unidad de Trabajo Legislativo, que no es otra cosa que un grupo de hasta diez expertos que le hacen las tareas al patrón, con el agravante de que muchos de ellos tampoco trabajan. A eso se le suma un fabuloso auxilio de vivienda para los parlamentarios de fuera de Bogotá —que son casi todos—, una subvención para comprar pasajes aéreos y viajar cada semana a sus regiones, ya que el Congreso sólo ‘trabaja’ de martes a jueves, y carro oficial que termina siendo usado hasta en paseos familiares.
Y estos señorones, que legislan para su propio beneficio, practican un oprobioso carrusel en el que delegan su curul a socios políticos por unos pocos meses para que opten a la pensión de congresista sin que la única heroína de esta historia, la directora del Fondo de Previsión Social del Congreso, Diana Margarita Ojeda —que ya ha ido a la cárcel por negarse a pagar pensiones fraudulentas—, pueda evitarlo.
Con todo, hay mucha gente preocupada dizque por el “régimen mafioso” que se tomó al país por la influencia de los paramilitares en la política. Pero no, es al contrario, y es peor, es que la política (con minúsculas) se tomó al paramilitarismo y lo pudrió.

miércoles 29 de agosto de 2007

Agricultura y producción


Las condiciones agronómicas de la Sabana en la época de la Conquista no eran tan óptimas como hoy se piensa. La agricultura se vio constantemente afectada por los ciclos climáticos y sus fuertes contrastes, dentro de los que alternaban las sequías con las inundaciones, en grave detrimento de cultivos y cosechas. Estos factores, unidos a un muy bajo drenaje del suelo sabanero, fueron fatídicos tanto para la agricultura muisca como para la española. A estas razones habría que agregar el largo período de cosecha y los problemas con las heladas. Existen referencias documentales sobre el temor y el daño que ocasionaron las heladas sabaneras a los muiscas. La agricultura de gran altitud, en términos generales, ha limitado la densidad poblacional y el nivel de realización de las culturas que sustentan.
Los muiscas, a pesar de tener una gran variedad de cultivos totalmente adaptados a las condiciones, no desarrollaron toda su agricultura en la Sabana. Para enfrentar los problemas agronómicos de esta zona construyeron terrazas de cultivo y zanjas de desagüe. Existen también indicaciones de que el maíz lo cultivaban en camellones. Pero los muiscas no llegaron a construir grandes obras de infraestructura. Las carencias tecnológicas y la falta de una centralización política los limitaron en este aspecto. La solución adoptada para enfrentar estas dificultades fue la consolidación de una agricultura bien integrada en diferentes climas. Los muiscas habitaron un mosaico de nichos ambientales, desde los climas cálidos hasta los paramos.
El pueblo de Bogotá, por ejemplo, tenía tierras en el Valle de Tena en donde cultivaba maíz, frutales, plátanos, caña, ají, ahuyama y patata. Establecieron, de esta forma, lo que los antropólogos llaman un control vertical de los pisos térmicos. Un sistema que hace complementarios los cultivos y esfuerzos, dando por resultado una amplia gama de frutos y la capacidad de producir excedentes alimenticios.
Muy poco tiempo después de su advenimiento, los españoles introdujeron en la Sabana los cultivos propios de sus tierras. El clima de la Sabana permitió desarrollar la agricultura de cereales, base de la dieta hispana. El español promedio que llegó a nuestro país provenía de la zona mediterránea cuya alimentación se basa en los cereales panificables, los vegetales de huerta, las legumbres secas, el aceite, el vino y la carne de carnero.
Por otra parte, además de las semillas, trajeron animales útiles que eran desconocidos en estas tierras. Quesada trajo los caballos, Belalcázar los cerdos y Federman las gallinas. Pero fue el conquistador Jerónimo Lebrón el que introdujo en grande las más importantes innovaciones en materia agrícola, puesto que trajo semillas de garbanzo, trigo, cebada, cebolla, fríjol y arveja en grandes cantidades. Por supuesto, se siguieron adelantando los cultivos americanos tales como maíz, papa, yuca, ahuyama, hibias, cubios, ají, aguacate, plátano, etc. La dieta urbana, en consecuencia, adquirió una gran variedad al superponer los productos españoles con los nativos. Los indígenas siguieron otorgando en su alimentación diaria una notable preferencia por sus alimentos atávicos. De ahí que en una crónica fechada en 1610 se decía que “los indios, teniendo turmas y maíz, tienen todo el sustento necesario”.
Los indígenas asimilaron muy rápido el conocimiento y manejo de los nuevos cultivos, así como el manejo y cuidado de los animales que antaño desconocían (caballos, vacunos y ovejas). A su vez, aportaron su profundo conocimiento de las tierras y de los ciclos climáticos.
La más trascendental innovación de la tecnología agrícola europea fue la sustitución de los rudimentarios instrumentos indígenas de piedra y de madera por los metálicos. Los españoles trajeron hachas, arados, barretas, azuelas, palas, azadones, hoces y harneros metálicos. La contribución más valiosa fue sin duda alguna el arado metálico con rejas a manera de rastrillo. Hay un ejemplo que resulta particularmente ilustrativo: la tarea de cortar un árbol de tallo grueso con hacha metálica se hacía en la décima parte del tiempo requerido con hacha de piedra.
Después de la revolucionaria introducción de las herramientas metálicas transcurrió algún tiempo durante el cual las faenas agrícolas siguieron dependiendo exclusivamente de la energía humana hasta ya entrado el siglo XVII, cuando vino el valiosísimo aporte de la energía animal.
La tecnología agrícola introducida por los españoles no varió sustancialmente durante todo el período colonial. Su adopción social fue un proceso lento y restringido. Desde luego, las herramientas eran costosas y escasas. No fue una tecnología ampliamente distribuida. La introducción a los niveles inferiores fue lenta. Los indígenas siguieron empleando sus herramientas tradicionales pero aprendieron a usar otras técnicas por el trabajo en las haciendas.
Pero pese a todas estas dificultades, la implantación de la nueva tecnología permitió una utilización mucho más intensiva de la tierra hasta el punto de que se llegaron a obtener en la Sabana dos cosechas en el año.
La primera cosecha de trigo se dio en las cercanías de Tunja en 1543. El cultivo de la cebada fue un poco más tardío. Paralelamente con los primeros cultivos de trigo vino la construcción de molinos para el abastecimiento de harina y la consecuente producción de pan. Según las crónicas, fue Doña Elvira Gutiérrez, esposa del conquistador Juan Montalvo, la primera persona que en Santafé produjo pan de trigo en un horno rudimentario. A medida que los caminos fueron mejorando lentamente, en la misma forma se fue intensificando el empleo de caballos y mulas y disminuyendo el de indios para el transporte de pasajeros y carga, especialmente en los viajes hacia el Magdalena.

Lo corriente durante el siglo XVII era un uso mixto del suelo: agricultura y ganadería. En orden descendente de importancia, los principales cultivos eran trigo, maíz, cebada y papa. En ganadería, y en el mismo orden, las principales crías eran ovejas, vacunos, cerdos y cabras.

lunes 20 de agosto de 2007

Economía regional y urbana


Para los conquistadores y en general para el español post medieval, la posesión de la tierra tenía otros significados más poderosos que el puramente económico. En ella estaban involucrados el rango social, la categoría personal y otros privilegios que implicaba dicha posesión. Para los conquistadores de primera hora que llegaron a la Sabana el poblamiento propiamente dicho tuvo una importancia secundaria.
Gran parte de ellos prefirió continuar las incursiones de conquista y la vida azarosa en búsqueda de tesoros y metales preciosos. Otros pocos, sin embargo, prefirieron orientarse hacia una vida sedentaria poblando la tierra, usufructuando estancias y la adjudicación de indios para las encomiendas.

El proceso económico en las fases de Conquista y Colonia podría sintetizarse, según la modalidad económica dominante, en las siguientes tres etapas:

1) Expediciones de conquista y búsqueda intensa de metales preciosos (hasta 1550).
2) Encomienda fundada esencialmente en mano de obra indígena (hasta 1600). Y en menor grado minería de plata. (Las Lajas, Mariquita).
3) Estancias , haciendas y comercio (a partir del siglo XVII).


La tierra se asignaba en forma de mercedes adjudicadas por las autoridades. En la primera fase fueron los encomenderos, es decir, los que recibieron repartimientos de indios, quienes por lo general recibieron las mercedes de tierra. Desde un punto de vista legal, la asignación de encomiendas no daba derecho sobre las tierras.
De manera enfática, la Corona quiso separar el control sobre los indios de la soberanía territorial. Sin embargo, la parte básica del proceso de apropiación de la tierra siguió, como en muchos otros aspectos, un curso extralegal de facto, en beneficio del principal poder local: la encomienda.
Finalizando el siglo XVI, hacia 1590, las mejores tierras de la Sabana estaban asignadas. Quiere ello decir que en un período de cincuenta años la composición básica de la tenencia de tierras estaba virtualmente definida. Empero, la concesión de mercedes alcanzó a extenderse hasta la tercera década del siglo XVII

A partir de 1592 con la pérdida de hegemonía social por parte de los encomenderos y con la afirmación del poder del Monarca, se le quita al Cabildo su potestad en la asignación de tierras. Desde esta fecha hasta 1640 hubo cambios en las condiciones para otorgar tierras.
Existían un conducto regular y un funcionario, que dependía de la Audiencia y del Presidente. Por otra parte se produjo un cambio de gran importancia consistente en el tamaño de las mercedes, es decir, la unidad de área para asignar (estancia de ganado mayor) se redujo en 12.5 veces. Además se puso en vigencia un número mayor de requisitos y controles administrativos para la adjudicación de tierras.
La petición de merced se hacía al Presidente y éste, a su vez, utilizaba como oficiales de campo a los corregidores para una labor de inspección sobre el terreno a entregar. Esto no excluía la posibilidad de manipular la decisión. Los documentos muestran casos de soborno. Esta situación señala la influencia que en este campo se ejercía en los niveles inferiores. Cuando la decisión dependía del Cabildo, las conexiones directas de la élite contaban decisivamente. Ahora, con la existencia de una mayor diversidad social, otros estratos blancos podían acceder a la tierra.

Para fines del siglo XVI se hizo un intento con motivación fiscal por revisar y sanear los títulos de las tierras. Como una buena parte de éstas permanecían bajo posesión y sin títulos de merced, y, como todas las tierras eran de la Realeza, se pensó en cobrar una tarifa que permitiera legalizarlas. A pesar de las expectativas y del realce que se le ha dado a la medida (Liévano Aguirre la llamó la “primera reforma agraria”), sus resultados fueron bien pobres.
La Corona no recibió lo que esperaba en términos fiscales, y la tenencia de la tierra no se afectó.
Entre 1595 y 1602, época durante la cual se efectuaron los pagos de las composiciones a la Caja Real de Santafé, ingresaron por este concepto un total de 13.000 pesos oro. Cifra bien pobre puesto que en comparación con los ingresos por Requinto impuesto recién estatuido es bastante inferior. Ante la ausencia de medios coercitivos por parte del poder colonial, la composición se volvió casi una acción voluntaria. La Corona no estaba en condiciones de comprar las propiedades no legalizadas, ni podía obligar a los ocupantes a pagar. Pocas estancias y haciendas se acogieron a la figura de la composición y las que lo hicieron aportaron sumas insignificantes.
En 1600, cuando llegó el visitador Egas de Guzmán, el oidor Henríquez propuso que las tierras cuya posesión no pudiera ser correctamente justificada se vendieran en pública subasta con el fin de brindar la posibilidad de poseer tierra a otros estratos sociales como comerciantes, medianos agricultores y funcionarios de distintos niveles de la burocracia.
Lo que sí hizo esta serie de visitas fue poner de presente una nueva realidad en cuanto a la tenencia de tierras: la tierra de la Sabana empezó a tener valor y a adquirir movilidad a partir del siglo XVII. Se convertirá, a partir de esta época, en el principal recurso y alrededor de ella se ordenará la vida económica y social de Santafé.
En el siglo XVIII hubo algunos conatos reformistas. Se dio el importante paso de nombrar un “juez de tierras” para revisar títulos y resolver todo tipo de litigios y problemas. En 1724, y más tarde en 1754, se realizaron intentos por revisar y limpiar los títulos. El enfoque, sin embargo, fue predominantemente fiscal.
A la precariedad legal de la posesión se sumó la imprecisión de los linderos que separaban unos predios de otros. Se aceptaba tácitamente que el mejor mojón era el consenso entre los vecinos. Sin embargo, esto no siempre ocurría y por lo tanto proliferaban los pleitos y querellas entre propietarios.

Fuera de estos intentos por afectar la tenencia de tierra, no se conocen otras acciones efectivas por parte de la Corona. En general, la estructura de propiedad del suelo pasará por una ocupación de hecho en la cual la acción del poder colonial y de las leyes tan sólo podrá refrendarla pero no cambiarla.